Por Francisco Javier Fernández Lorca, profesor de Enseñanza Secundaria
Presupuestos básicos:
El Señor predicó la llegada de un reino nuevo, de justicia, de paz y de amor.
Estableció un discipulado con diferentes niveles de compromiso, los apóstoles y los «discípulos» y les estuvo enseñando y explicando cómo sería ese nuevo reino. Les enseñó también a rezar y a comprender que todo era obra del Padre y ellos solo siervos inútiles, aunque necesarios.
Los envió a predicar de dos en dos por pueblos y aldeas.
Los apóstoles, una vez que Jesús subió al cielo y recibieron al Espíritu Santo, se pusieron a organizar la nueva familia de cristianos: nombraron presbíteros para la celebración de la eucaristía y enseñar, diáconos para atender al servicio de todos, lo ponían todo en común, se iban dispersando por todos los pueblos del mundo viviendo de esta nueva forma que impresionaba a todos, se amaban mucho y eso era lo que notaba la gente, también amaban a los necesitados de forma especial…
Los artesanos y carpinteros eran buenos en lo que hacían, no defraudaban o engañaban a los clientes, hablaban de amor y lo intentaban cumplir. Las mujeres en la fuente y en el mercado se comportaban con una alegría y una forma de hacer las cosas que ganaban a las demás, y luego estas a sus maridos e hijos. Los legionarios convertidos llevaban de un lugar a otro la idea de un nuevo reino para todos. Algunos no tenían más remedio que dejar las armas para poder cumplir con sus nuevas ideas de la paz y el amor. Normalmente acababan mártires. Bueno, esto, todos: carpinteros, madres, legionarios, niños…
Me preguntan cómo debería ser la movilización del laicado, para una movilización evangelizadora, y encuadrada dentro de un movimiento de la Iglesia, el Movimiento de Santa María. Parece fácil ¿no? Hágase lo que el evangelio dice que hizo Jesús y sus discípulos, y ya.
Hablemos del reino de Dios, no del nuestro o, peor, de nuestros reinos de taifas. Hablemos de las cosas importantes y esenciales de ese reino y no tanto de si me dijeron o les dije, o de si mejor verde o mejor azul. Formémonos bien… para la misión, no para tener un título más o una biblioteca digital llena de títulos y autores de moda. Lo que leo, lo que oigo, lo que me dicen… ¿me empuja más a la misión… o me deja en casa simplemente a la espera de un nuevo libro que leer? ¿Salgo impulsado a la conquista del mundo? Pero, ojo, que eso puede significar sencillamente ir a mi mercería y hacer mi trabajo con tanto amor que los clientes se conviertan a Cristo.
Rezar, sí, rezar mucho. Rezar para que nuestra alma sea fiel reflejo de ese Cristo que predicamos y queremos transmitir. Rezar, no para pedir que me pasen cosas buenas —quizá se pueda pedir también— sino para que el mensaje llegue a cuanta más gente mejor, para que nuestro testimonio sea fidedigno y entendible… Y para eso vale tanto una oración meditativa, como contemplativa, como de alabanza, como de agradecimiento… cada una la necesitamos para modelar nuestra vida interior en una identificación total con Cristo. Él propuso este reino y él es quien conquista y para quien conquista, pero, oh misterio insondable, quiere contar con nosotros. Ese «error» ya lo cometió en vida eligiendo a doce hombres poco cualificados, pero es que parece que lo de este reino va así: con gente bastante manta él hace su obra. Nosotros, por nuestra parte, conformémonos con dar gracias por haber sido elegidos e intentar hacerlo lo mejor posible según nuestras fuerzas y lo que nos formemos para la misión.
Luego viene lo de la organización. Eso sí que nos corresponde a nosotros. Adaptarnos a los diferentes tiempos y lugares donde vivamos es fundamental. Lo hacemos en nuestras profesiones civiles, en las que debemos estar siempre a la última. No, en este caso, para ganar más dinero o para tener mas éxito, pero sí para ofrecer a los hombres y mujeres con los que vivimos una mejor forma de hacer las cosas, más adaptadas a sus necesidades, más entendibles y más eficaces para llegar mejor al mayor número. En general, pequeños grupos con relaciones humanas cercanas, pero muy interrelacionados entre sí y siempre muy abiertos a incorporar nuevos miembros. Cuidado con encerrarse en grupitos burbuja, muy cómodos y siempre los mismos.
Amor. Mucho amor. Un amor tan limpio y transparente que lo ve todo el mundo, pero que no se impone ni reprocha al otro. Esto lo entienden todos: «Mirad cómo se aman»… y ampliable a «mirad como nos aman», incluso «mirad cómo los aman… a los pobres, a los necesitados, a los que no cuentan mucho por ahí».
Y, solo me queda explicar lo de «siendo laicos». Más o menos ha ido saliendo antes, pero aquí que quede claro. Es muy necesario organizar congresos, planes, equipos de misión, canales de comunicación… es lo más visible y se debe hacer; pero es imprescindible que el oficinista haga bien su gestión y, haciendo familia alrededor, desprenda generosidad y entrega; que la profesora y el médico se entreguen a sus alumnos y pacientes como si cuidaran al mismo Dios; que la madre y el padre no renuncien a su labor de educar a sus hijos, y a los padres y madres de los otros hijos, y a los profesores y directores de los colegios… según una educación cristiana de verdad; que los militares, los informáticos y los camioneros… lleven por caminos de asfalto o digitales el mensaje de Dios, hecho vida en ellos; que yo me deje de una vez de tonterías y de darme vueltas y me comprometa de verdad en la extensión de este reino. Y eso, me lleva a decirle al responsable de mi movimiento, por ejemplo, el Movimiento de Santa María, cuenta conmigo, «aquí estoy para partirme luego» que diría el gran santo misionero Francisco de Javier. Ah, y que no nos importe ser mártires, de una manera o de otra.


