Por P. Rafael Delgado Escolar, cruzado de Santa María
Con frecuencia, al pensar en la misión evangelizadora que tenemos que desempeñar, desde el testimonio personal en nuestros ambientes hasta aquellos compromisos apostólicos que hemos asumido en nuestras parroquias y movimientos, nos pesa más la dificultad que la alegría de llevar el evangelio, el desánimo que la esperanza de dar fruto. Y aunque la secularización que nos envuelve hace más difícil el anuncio de la fe, esto no justifica nuestro desaliento. Este nace de un error en la manera de concebir la misión: pensamos que somos nosotros los que actuamos con nuestras propias fuerzas y nos falta fe para ver y dejar a Dios actuar. Lo dijo muy bien el papa Francisco: «Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender» (Evangelii gaudium 12). Necesitamos comprender por ello cuál es la fuente de la misión, y la Palabra de Dios nos da la luz.
«Me ha sido dado todo poder» (Mt 28,18)
El mandato misionero de Jesús es la conclusión de los Evangelios: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). Pero este envío tan categórico y universal está entre dos afirmaciones sobre Cristo que lo justifican: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18) y «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Ese «poder» es consecuencia de la muerte y resurrección de Jesús: ha sido constituido Señor del mundo y de la historia con su victoria en la cruz sobre el pecado y sobre la muerte. Está realmente presente en su Iglesia y ha hecho partícipe de su potestad al Pueblo de Dios, redimido con su sangre. Cuando san Juan Pablo II tomó las riendas de la Iglesia dijo estas palabras: «Nuestro tiempo nos invita, nos impulsa y nos obliga a mirar al Señor y a sumergirnos en una meditación humilde y devota sobre el misterio de la suprema potestad del mismo Cristo… El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios, participa de esta triple misión» (Homilía en el inicio de su pontificado, 22-X-1978).
Miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey
Y si nos preguntamos cómo ha sucedido esto, por qué participamos de la misión de Cristo, es decir, de su «poder» sobre el mal y de su realeza sobre el mundo, hemos de recordar nuestro bautismo, donde fuimos sumergidos en el misterio pascual de muerte y resurrección de Cristo y nacimos en el seno maternal de la Iglesia como hijos de Dios. En una Vigilia Pascual, Benedicto XVI llegó a decir que «el gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos» (15-IV-2006). Ese día fuimos «consagrados» con la unción del Santo Crisma y se nos dijeron estas palabras: «Dios todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo os consagre con el Crisma de la salvaciónpara que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey».
A la luz de lo dicho, nuestra misión es ser en Cristo profetas, sacerdotes y reyes, llevando su presencia viva, participando de su poder, es decir, de la fuerza y la sabiduría de la cruz que transforma la muerte en vida. Como profetas, tratamos de ser con la vida y la palabra, como nos decía el P. Morales, «evangelios abiertos para la salvación de nuestros hermanos»; como sacerdotes, consagramos el mundo a Dios desde dentro con la actividad de cada día unida a la ofrenda de Cristo en la Eucaristía; como reyes reconciliamos «todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en el vértice de todas las actividades humanas» (P. Tomás Morales).
Él está con nosotros todos los días y sigue actuando en nosotros y a través de nosotros: «Jesús es el primero y el más grande evangelizador. En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu» (Evangelii gaudium 12).
¿Por qué temblaba San Pablo?
Miremos al apóstol san Pablo como modelo de cuanto venimos diciendo. Tuvo que arrostrar muchas dificultades y peligros por predicar a Cristo, pero nada le detenía. Si nos preguntamos por qué, nos responde en su primera carta a los corintios en la que narra su llegada a esta ciudad pagana: «También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2,3-5). El Apóstol no se apoya en su sabiduría y en sus fuerzas, sino en el «poder de Dios» manifestado en la cruz y resurrección de Cristo.
Entonces, ¿por qué temblaba? Una nota de la Biblia Didajé de la Conferencia Episcopal Española dice que «más que miedo es sobrecogimiento y asombro de la sabiduría y poder de Dios». Lo que le hacía estremecerse no era tanto su debilidad cuanto el sentirse instrumento del poder de Dios que actúa en la pobreza del apóstol y realiza milagros de misericordia en las almas.
Al escribir estas líneas estoy acompañando en los ejercicios espirituales de inicio de curso a los jóvenes de la Milicia de Santa María. En cada actividad apostólica somos testigos de las maravillas que obra el Espíritu Santo en los corazones. Empezamos temblando de miedo y terminamos cantado la misericordia del Señor.



