El genio femenino

Aprender a escuchar

Sara Tabuenca, pianista.

La música como vía de encuentro y de misión

Por Sara Tabuenca, pianista

Hay una experiencia que casi todos hemos tenido alguna vez: una música nos alcanza de pronto y, por un instante, algo se detiene dentro de nosotros. La música acompaña nuestros desplazamientos y llena los espacios de espera. Oímos continuamente. Sin embargo, no siempre escuchamos. Esa diferencia encierra una cuestión fundamental que conviene abordar.

Escuchar una obra musical no consiste simplemente en recibir una sucesión de sonidos. Una nota aislada no contiene la música; esta surge de las relaciones que se establecen entre los sonidos. Una melodía adquiere sentido en el tiempo. Para percibir la tensión es necesario recordar aquello que la ha preparado y esperar aquello hacia lo que se dirige. Por eso escuchar exige algo más que registrar el efecto inmediato que una obra produce en nosotros: exige permanecer. Una escucha atenta puede revelar progresivamente el sentido de una obra.

Hans Urs von Balthasar situó la belleza en el punto de partida de su reflexión teológica, no para reducir la fe a una experiencia estética, sino porque la belleza posee una capacidad particular de manifestación. Lo bello se presenta ante nosotros como una realidad que se muestra de manera epifánica y que merece ser contemplada. La experiencia estética supone una cierta gratuidad y no necesita justificarse por su utilidad. Así se comprende por qué una obra verdaderamente bella no se agota en el placer que proporciona. Podemos volver a una música porque aquello que hemos encontrado parece contener todavía algo más. La obra permanece en la memoria y nos invita a regresar. La belleza despierta un deseo que ella misma no termina de colmar.

La tradición cristiana ha reconocido en esta experiencia uno de los posibles caminos hacia Dios: la via pulchritudinis. Juan Pablo II, en su Carta a los artistas, la llamó «clave del misterio y llamada a lo trascendente». La expresión resulta significativa, pues la belleza no resuelve el misterio, sino que nos hace advertir su existencia. Nos recuerda que la realidad puede ser mayor que la medida con la que habitualmente intentamos abarcarla y que no todo aquello que encontramos está destinado a ser poseído o utilizado.

Benedicto XVI desarrolló esta misma intuición al distinguir la belleza auténtica de aquella otra que, aun resultando seductora, termina por encerrar al ser humano en sí mismo. La primera, por el contrario, despierta el deseo de conocer y de amar, de ir hacia el otro y más allá de uno mismo. La belleza nos abre así a una relación nueva con la realidad.

Quizá una de las dificultades de nuestro tiempo consista precisamente en que hemos relegado algunas palabras necesarias para describir una determinada manera de estar ante la realidad: atención, silencio, recogimiento, demora, contemplación. La escucha parece recogerlas todas, ya que exige atención y silencio, supone recogimiento y, sobre todo, requiere tiempo. Habitamos una época de mayor accesibilidad a la música, pero, paradójicamente, en la que resulta más difícil escucharla. Hay obras que no se entregan en el primer instante, sino que piden recordar, anticipar, comparar. La escucha no es una actitud pasiva: implica disponerse a recibir aquello que tenemos delante y dejar que se revele poco a poco.

También fuera de la música podemos oír sin escuchar. La familiaridad con unas palabras no garantiza haberlas escuchado verdaderamente: una palabra conocida puede volver a interpelarnos cuando dejamos de anticipar lo que esperamos encontrar en ella. «Habla, Señor, que tu siervo escucha», responde Samuel. Escuchar no consiste simplemente en recibir información, sino en disponerse ante una palabra que interpela a la persona y puede abrirla a una transformación de su propia vida.

Del mismo modo que el intérprete no es dueño de la obra ni se limita a reproducirla, sino que acoge una realidad que le precede y responde a ella desde su propia libertad, la fe comienza con una Palabra recibida que reclama una respuesta. Cristo no se presenta como una idea que podamos contemplar desde la distancia, sino como una Palabra que interpela y llama a quien la escucha.

Esta dinámica de vida cristiana encuentra su fuente y culmen en la liturgia. Si la música nos ha permitido descubrir que escuchar exige atención y que recibir no significa permanecer pasivo, la liturgia lleva esta experiencia a un plano nuevo: «Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (Sacrosanctum Concilium, 33).

La liturgia no comienza con aquello que nosotros producimos, pero tampoco nos convierte en espectadores. Recibimos una Palabra y respondemos —escuchamos, cantamos, oramos y guardamos silencio—, introducidos en una acción que nos precede y a la que estamos llamados a participar. También la música adquiere aquí su sentido específico. No está llamada a producir una emoción ni a embellecer la celebración, sino a formar parte de la respuesta orante de la Iglesia.

Pero no hay don sin deber, y la oración litúrgica está llamada a prolongarse en la vida cotidiana. El Ite, missa est es, precisamente, un envío. Quien ha aprendido a recibir y escuchar puede relacionarse de otro modo con las cosas, con los demás y con Dios. También la misión puede entenderse desde aquí: no comienza con la transmisión de un contenido que poseemos, sino con una forma distinta de estar ante la realidad.

Volvamos entonces a aquella experiencia del comienzo. La de una música que nos alcanza sin haberla buscado y, por un instante, nos detiene. Al principio parecía solo eso, un momento afortunado en medio de la prisa. Ahora podemos reconocer en él algo más: un pequeño aprendizaje de lo esencial. En ese detenerse hemos hecho, sin saberlo, el gesto que sostiene toda la vida cristiana —callar, recibir lo que nos precede, responder—. Aprender a escuchar una melodía y aprender a escuchar a aquel que nos habla no son, al cabo, cosas ajenas; la primera dispone para la segunda.

Quizá por eso evangelizar no consista siempre en añadir más palabras a un mundo ya saturado de ellas, sino también en recuperar las condiciones que hacen posible la escucha. La música puede educar esa capacidad, y a veces la despierta ella sola. Nos alcanza antes de que hayamos decidido escuchar y nos dispone, casi sin advertirlo, a recibir lo que se nos manifiesta. No conviene, entonces, dejar pasar de largo esos instantes en que algo bello nos detiene. Puede que estén enseñándonos, en pequeño, el gesto del que vive toda la fe: aprender a escuchar, a recibir y a responder ante una realidad que nos precede y nos reclama.

Hagase
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