Tribuna libre

Entrevista: un misionero en el día a día

Emilio Sánchez de las Heras, un misionero en el día a día.

Por José Javier Ruiz Serradilla

Hablamos de misión con Emilio Sánchez de las Heras, cruzado de Santa María. Laico consagrado cuya vocación es mostrar a los laicos que deben ser santos en el mundo en la vida sencilla, a veces, ajetreada, pero siempre cotidiana.

P. ¿Quién es Emilio?

R. ¿Quién soy? No lo sé. A veces soy un misterio para mí mismo.

Un chico de un popular barrio de los 70, Pinar del Rey, que tuvo la suerte de encontrar a la Milicia de Santa María allí mismo, en la que era mi parroquia. Que estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y que, a los 22 años, ingresó en el Instituto Secular Cruzados de Santa María.

Mi vocación jurídica me llevó a estudiar y a trabajar en Múnich y más tarde a Roma, donde seguí realizando estudios de Derecho canónico y de doctorado en Derecho Penal de Menores al tiempo que comencé a trabajar en un despacho de abogados desde el que salté a otro que fundamos varios compañeros abogados.

Más allá de mi profesión, me considero una persona muy normal, optimista y con buen humor, que disfruta mucho con las relaciones humanas, lleno de limitaciones, pero también con grandes deseos de hacer cosas y vivir la vida plenamente.

P. Hoy hablamos mucho de evangelización, de misión. ¿Cómo entiendes estos términos?

R. La evangelización en mi vida se traduce en primer lugar en intentar ser una buena persona a nivel humano, «ser buena gente», dicho coloquialmente.

Considero muy importante ejercitar mi profesión con profesionalidad, honestidad y humanidad, intentando representar y defender en los tribunales, de la mejor forma posible, a quienes me confían sus problemas legales. Ahí, en el desarrollo de mi profesión, es donde he conocido a clientes, compañeros abogados, personal administrativo de los tribunales, asistentes sociales, policías, funcionarios de prisiones, magistrados, fiscales, etc.

La misión consiste en intentar poner a Dios en cada una de esas relaciones humanas procurando ser reflejo y transparencia de su amor.

P. ¿Es la misión, evangelización, algo externo al cristiano o es propio de su naturaleza?

R. Desde el momento que Dios se ha hecho hombre en Jesús, en que por amor ha querido entrar en la historia de la humanidad para compartir con cada hombre y mujer su recorrido existencial, misión y evangelización no pueden ser algo externo. La misión, evangelización, debería ser espontánea, natural, fruto de esa unión íntima y personal con Dios.

P. ¿Cuál te parece que es la misión del laico en el mundo del siglo XXI?

R. Creo que es muy sencilla: saber sonreír, saber escuchar sin juzgar, nunca perder la esperanza, aconsejar a los demás cuando la otra persona o las circunstancias te lo permitan y, sobre todo, llevar a la oración y ante el Señor las vidas y los problemas de todos aquellos que encontramos en nuestra vida ordinaria.

P. ¿Es esa misión solo de aquellos a los que denominamos «laicos comprometidos»?

R. Ni hablar. Una sonrisa, un silencio acogedor, un consejo, una oración a Dios desde el corazón… Es patrimonio de todos los cristianos.

P. Desde tu vocación laical, ¿cómo intentas vivir tu misión propia?

R. En todo lo que se refiere o tiene que ver con el ámbito de la administración de justicia: trabajo en los tribunales, juicios, visitas a la cárcel, consultas en el despacho, etc. A veces no es un ambiente fácil, los problemas y situaciones que debo afrontar me superan por completo. Mi misión es simplemente estar y permanecer allí intentando ser un reflejo del amor de Dios y aceptando que, en ocasiones, no comprendo nada de lo que está sucediendo a mi alrededor y que, quizás, no pueda resolver nada. Sin embargo, intuyo que Dios me quiere ahí.

P. ¿Qué pistas le darías a los laicos para que asuman con realismo su vocación y misión?

R. Me ayuda mucho pensar, y lo constato cada día, que la llave del corazón de las personas para que conozcan a Dios y se acerquen a la Iglesia no la tengo yo. Con el ejemplo de nuestras vidas debemos colocar «cartuchos de amor» al lado del corazón de cada hombre o mujer que encontramos en nuestra vida diaria. Un día, aprovechando un hecho o una circunstancia de la vida —cuando quizás ya no estemos o no lo sepamos—, Dios encenderá una mecha en el interior de esa persona que hará explotar el cartucho derribando todos los muros, prejuicios y barreras interiores que impedían a ese hombre o mujer tener un encuentro personal con Dios y con la Iglesia.

P. Tú eres laico consagrado, cruzado de Santa María, ¿qué aporta tu modo propio de ser laico al resto de los laicos?

R. Yo noto que la gente que me conoce y mis amigos me aprecian porque, en cierto sentido, me consideran y ven como una persona «de todos y para todos». No sabría bien cómo explicarlo, una especie de persona universal a quien se puede recurrir para cualquier cosa y en cualquier momento, que siempre está ahí. No sé, tal vez puede que exagere y me equivoque, pero tengo esa impresión. Si esta fuera cierta, no es mérito mío sino fruto de la consagración a la cual Dios me ha llamado.

P. El carisma de la Cruzada, ¿qué aporta a la vocación laical?

R. Difícil respuesta y, sobre todo, con la cantidad de carismas que hoy en día existen y conviven en la Iglesia. Ahora bien, humildemente, creo que el carisma cruzado es una contribución muy importante para el mundo de hoy: se trata de estar presente en el mundo viviendo un concreto estilo de vida que ayuda a que las personas crezcan humana y espiritualmente. El papa Pío XII decía que «el mundo hay que transformarlo de salvaje en humano y de humano en divino» pues bien, creo que el carisma de la Cruzada, la vivencia de su estilo de vida en medio de las diversas realidades del mundo crea y desarrolla en las personas una sólida base humana y espiritual, indispensable para que pueda nacer y crecer «lo divino».

P. ¿Cómo acabarías esta entrevista?

R. Vivo en Roma y por lo tanto no puedo dejar de citar el título de una de las películas del cine más famosas en Italia: «La vita è bella». Pues bien, me gustaría terminar así: diciendo que la vida es bella, maravillosa, y que vale la pena vivirla a tope. Este año cumplo 60 años y echando una mirada hacia atrás, sintiendo la vocación a la cual he sido llamado, viendo las experiencias vividas, las personas que he conocido, los lugares y países que he visitado…, solamente puedo decir:

¡Gracias Señor!

Hagase
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