Tribuna libre

Una carta de esperanza

Haynes King, La carta. 1872. Óleo sobre lienzo, 41 x 51 cm.

Por José Alfredo Elía Marcos

Al principio, la casa vino a ser habitada por la Palabra. Fue entonces cuando la tiniebla fue vencida por la luz, el mutismo se hizo diálogos, el dolor se tornó en esperanza y la muerte se transformó en vida. Escrita o declamada, la palabra es el principio creador de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Ella llama a las cosas a la existencia poniéndoles nombre, materia y forma.

Querido amigo lector: te invito a leer este texto, tejido tras largos periodos de contemplación y reflexión sobre esa gran belleza que inspira a los buenos artistas.

El arte es una correspondencia epistolar entre dos almas: el artista que crea la obra, y el contemplativo que la recrea. Este se expresa mediante el trabajo del artista que transforma la materia bruta en espíritu elaborado a través del lenguaje universal de la belleza. La persona contemplativa sabe ir más allá de la simple materialidad, sumergiéndose en el mensaje trascendente que inspira y proyecta la obra.

En el primer lienzo que hoy te ofrezco, La carta, del artista inglés Haynes King, se superponen dos realidades. Por una parte está la acción que muestra el cuadro. Una mujer-artista en el interior de una habitación que se dispone a escribir una epístola a su amado. Por otro lado está el hecho histórico de un pintor, de nombre Haynes, que en 1872 dedicó un tiempo de su vida para crear una pintura de singular majestuosidad. Sentado frente a un caballete y fascinado por la belleza amorosa que ha experimentado en su biografía, ha volcado un mensaje de esperanza para quienes hoy lo apreciamos. Dos artistas dialogando con una misma obra.

La mujer del lienzo se ha levantado esa mañana con el corazón henchido. Vestida con sus mejores galas, ha descorrido las cortinas, invitando a la luz del nuevo día a deslizarse silenciosamente en su humilde estancia. Ha levantado el ala de la mesa, ha preparado la tablilla, el papel y el tintero y, por último ha acercado una silla para iniciar su correspondencia. Una simple cuartilla en blanco es la materia prima con la que esta mujer va realizar su obra.

Escribir a quien amas es semejante a abrir de par en par la puerta de tu hogar. Al escribir dejamos que los demás penetren en lo más profundo de nuestra alma. Libro y portón están hechos de la misma madera del árbol de la vida; extender sus hojas supone desvelar lo escondido. Es dejar que penetre el aire y la luz para poder distinguir con claridad el bello secreto de lo oculto. Cada verso escrito con amor es una estancia nueva que se despliega al visitante lector. Y así, de igual manera que el anfitrión abre una a una las moradas de su alma, el huésped que lee descubre que en el interior de su propia casa existen cuartos que desconocía y que resuenan de forma armoniosa con las de su convidante.

Observemos ahora el otro escrito. El cuadrado que Christopher Wool pintó con esmalte negro sobre una chapa de aluminio y acero blanqueado que lleva por título Apocalyse now. También es una carta, pero de letras sobredimensionadas, amontonadas, y desarticuladas. El texto recoge un mensaje que escribe el personaje Colby, en la película Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola. Un hombre desquiciado por los horrores de la guerra ordena a su esposa: «Vende la casa, vende el coche, vende los niños». Este es el mensaje desesperanzador que actor, director y pintor esputan al mundo.

Obra Apocalypse now de Christopher Wool con grandes letras negras amontonadas sobre fondo blanco
Christopher Wool, Apocalypse now. 1988. Aluminio y acero, 213,4 x 182,9 cm.

Dos cartas escritas en momentos trágicos, pero con consecuencias radicalmente opuestas sobre el espectador. Mientras la primera epístola reconforta el alma y el corazón, la otra lo carga de angustia y pesadumbre. Pretendiendo denunciar el espanto bélico, Colby, Coppola y Wool no hacen sino extender sus secuelas con su forma de entender el arte. No hace falta que nos recuerden que el mundo sufre. Somos conscientes de que vivimos en un mundo en conflicto, pues siempre ha sido así, y que esta violencia ha sido iniciada por una fuerza poderosa que pretende la destrucción total. Pero lo que pocos saben es que esa fuerza puede ser derrotada. De hecho, ya ha sido vencida. Por eso, un verdadero artista ha de ser el heraldo que transmita esa buena noticia: que el mal puede ser vencido con el bien, la verdad, el amor y la belleza.

¿Qué supone vender algo? Vende el que ofrece su trabajo a cambio de un sueldo. También vende el que posee algo que no necesita, y busca alguien que se lo valore. Pero hay una forma más dramática de venta. Es la de aquel que, en estado de ruina, expolia sus pertenencias más valiosas, para hacer frente al pago de una cuantiosa deuda o de un desorbitado rescate. Venderse supone capitular, abandonar la lucha y apagar el impulso de empezar de nuevo.

No sabemos si el destinatario del texto de Wool vendió su casa, su coche o a sus hijos, lo cual sería una desquiciada locura. Lo que sí es cierto es que la obra fue comprada por alguien que llegó a pagar por ella más de 7,5 millones de dólares.

Leamos juntos el lienzo de La carta. El autor te invita a que pongas palabras al texto pictórico. Un sobre descansa en el alféizar: una llamada de auxilio venida de lejos que espera urgentemente una respuesta. Una ausencia que se echa de menos. La mirada serena y el gesto delicado de la mano femenina sugieren una correspondencia llena de ternura. Pero el cristal roto de la ventana alude a una cierta preocupación por algún problema mutuo. La estancia reúne en el mismo espacio las luces y sombras que forman parte de la condición humana. Sin embargo, hay una flor que se eleva en la ventana. La esperanza es posible. La mujer quiere transmitir una confianza cierta de que el dilema encontrará solución. Por eso escribe unas líneas de consuelo al amado y esa es la clave interpretativa del cuadro: entregar la luz de la esperanza a un mundo que la ha perdido. Levantar al que ha caído. Quizás ella no encuentre esos términos precisos de alivio, pero la lectura del libro que descansa a su lado contenga las palabras inspiradoras que lo reconforten.

La otra hoja de la mesa permanece abatida. Parece como si el pintor nos invitara a participar en una correspondencia similar. El cuadro te exhorta a ti que lo contemplas a levantar esa tabla, sentarte en el otro extremo del escritorio, tomar pluma y papel, y dar una respuesta de esperanza a lo que hoy te preocupa. Ahí está el núcleo del verdadero Arte. ¿Te animas?

Hagase
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