El primer anuncio cristiano es la proclamación directa, viva y gozosa del núcleo del evangelio. No se trata de un curso de doctrina ni de una lista de normas morales, sino del mensaje esencial para despertar la fe de una persona.
En la Iglesia han surgido numerosas iniciativas de primer anuncio con diversos modelos y metodologías. Hay métodos de primer anuncio basados en procesos semanales, como es el curso Alpha que surgió en el ámbito anglicano, o el Lifeteen, más pensado para adolescentes, que se inició en Estados Unidos.
Otros métodos se basan en un retiro de impacto realizado en un fin de semana, como son los retiros de Emaús, Effetá, Bartimeo… o su modelo precursor que fueron los Cursillos de Cristiandad.
Tres mensajes se quedan clavados en el alma de los que han tenido una de estas experiencias: Dios te ama con un amor incondicional; Cristo te ha salvado por medio de la cruz, y te ha liberado del pecado; ¡Jesús está vivo! ¡Ha resucitado! ¡Es posible una vida nueva a su lado!
Quien realiza una experiencia de primer anuncio tiene la certeza de estar viviendo algo totalmente nuevo respecto a la fe que hubiese podido vivir antes, pues se ve inmerso en una auténtica experiencia de encuentro personal con Cristo. Ese es el primer y definitivo paso hacia la fe: encontrarse con Jesús. Lo demás es ya consecuencia.
¡Cuánto bien están haciendo todas estas iniciativas en las que el Espíritu Santo se está desbordando! ¡Cuánta sed de Dios hay en el hombre actual, que busca una fuente de agua fresca en que poder saciarse!
Y es que, más allá de todos estos métodos, ha surgido una corriente de redescubrimiento de la fe que está sorprendiendo a propios y extraños. En la laica Francia, por poner el ejemplo más espectacular, en la pasada Pascua se bautizaron 21.386 personas. ¡Genial!, ¿no?
Pues sí. ¿Quién no se alegraría de que las personas vuelvan a la fe y de que la Iglesia esté desarrollando métodos para anunciar el evangelio a los más alejados de nuestro entorno? Pero esta situación nos lleva a un reto ineludible. Muchos de los que han dado este paso de encuentro con Cristo y se han acercado a la Iglesia podrían decirnos: Ya me he convertido…, y ahora, ¿qué?
Porque la conversión, el encuentro con Cristo, solo es el primer paso de un largo camino. Jesús cruzó la mirada con muchas personas en Galilea, pero solo algunos se decidieron a ser sus discípulos, a seguir sus pasos. Porque el paso siguiente al encuentro es el convertirse en discípulo. Sin ese paso de seguimiento, el encuentro queda tan frustrado como pudo quedar el cruce de miradas del joven rico del evangelio con ese Jesús que le miró con amor.
Y esta es la gran pregunta. Muchos están acercándose a la Iglesia, pero ¿está preparada la Iglesia para acoger y acompañar a todas estas personas? Más allá de abrir las puertas de nuestros templos, ¿tenemos la mentalidad y los procesos que puedan acoger de verdad a estos hermanos?
Creo que el reto está sobre la mesa, y no podemos mirar a otro lado. Porque, por desgracia, también de Francia nos llegan noticias de que no pocos de esos recién bautizados que abrazaron la fe con ilusión la abandonan al poco tiempo. El viento frío del mundo puede fácilmente apagar la tenue llama que se encendió en medio de la noche. El desafío es lacerante.
He aquí algunas pautas que podemos brindar para salir al paso de esta situación:
- En este proceso de discipulado es vital que la persona se integre en una comunidad viva. No vale que simplemente le digamos que a partir de este momento tiene que ir a misa todos los domingos, sino que es necesario que le ofrezcamos una comunidad cercana, cálida, ilusionante. Tiene que tener un grupo con el que compartir la fe desde la realidad concreta de su vida.
- En todo momento, pero especialmente en esta primera etapa de discipulado, es vital que quien está comenzando su camino en la fe sea acompañado por un hermano mayor que tenga experiencia de fe. Puede ser un sacerdote o un laico comprometido. Se necesita una mano amiga con quien poder contar en los momentos de duda, en las encrucijadas en el camino. Alguien que te conozca bien y te ayude a personalizar todo lo que estás viviendo.
- Progresivamente quien se ha encontrado con Cristo y se ha bautizado tiene que cultivar una vida de oración profunda, anclada en la Escritura, que eleve la mirada de las primeras experiencias que tuvo, que fueron necesariamente más emocionales y sentimentales. En esta escuela de oración los ejercicios espirituales ignacianos son altamente recomendables.
- El discípulo ha de formarse espiritual e intelectualmente. No se puede vivir solo de emociones. Hay que crecer y pasar de ser un niño a un adulto en la fe. La oración, la lectura, el conocimiento de la Biblia y de la doctrina de la Iglesia, los tiempos de compartir con otros creyentes van afianzando este camino emprendido y dando solidez a la persona.
- Y, en fin, el discípulo ha de encontrar la misión personal a la que el Señor le envía. La forma de construir el Reino que Cristo quiere para él. No hay discipulado sin misión. El Señor llamó a sus amigos para que estuviesen con él, pero también para enviarles al mundo a anunciar la Buena Nueva. Cada uno debe encontrar cuál es su misión.
Debemos tomarnos muy en serio los procesos y dinámicas que siguen al primer anuncio, para que quienes se han encontrado con Cristo lleguen a la vida en plenitud que Dios nos ofrece.



