Vuestras fatigas van a ser mis fatigas
Por Jesús jaraíz Maldonado
España, 2020
115 minutos
Director: Pablo Moreno
Las buenas películas son ventanas por donde entra la luz. Además, permiten transmitir el mensaje con rapidez, porque la gente camina deprisa, como diría Claret. En Un dios prohibido (Estar 357, abril 2026) conocimos las virtudes heroicas de los mártires claretianos de Barbastro. Ahora, Claret nos muestra —libre ya de interesadas manipulaciones y falsedades históricas— la verdadera figura del fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.
En el Madrid convulso de la II República, Azorín lleva a cabo una profunda investigación para descubrir la verdadera historia de Antonio M.ª Claret. Aunque no están los tiempos para andar desenterrando historias de arzobispos calumniados, sus conclusiones llevarán al escritor a corregir con humildad y valentía las falsedades vertidas en anteriores escritos. Claret vivió una época no menos agitada que la de Azorín: Guerra de la Independencia y guerras civiles, desamortizaciones y creciente anticlericalismo, pobreza y miseria extendida entre amplias capas de la sociedad… Mientras tanto, políticos de distinto signo se afanaban por alcanzar el poder para su propio beneficio.
Antonio María podría haber entrado en ese juego. Hijo de artesanos textiles catalanes, continúa un prometedor negocio familiar: trabajador infatigable y con estudios, está plenamente volcado en el negocio; solo le importan sus máquinas y sus telas. Ensimismado en sus asuntos, para él pasan desapercibidas la pobreza y el sufrimiento de alrededor. Pensaba que así podría llenar «ese vacío». Una pregunta le inquieta: «¿Qué me estás pidiendo? ¿Qué quieres que haga?». En la respuesta encontrará Claret el objetivo de su vida: «Me propongo que Cristo sea conocido y amado por todos».
Su programa misionero sirve también para nuestra época. Brevemente: las palabras solo tienen fuerza si van acompañadas por hechos; los libros para evangelizar deben ser breves y gratuitos; evangelizar y humanizar van de la mano: por eso, los librillos que recibían los esclavos en Cuba informaban sobre las verdades de la fe, pero también sobre sus derechos como personas. Si hay injusticia, hay que denunciarla y combatirla desde el púlpito, pero también mediante decretos religiosos.
Las palabras y acciones de Claret son duras, como el mensaje evangélico. Por eso no gustarán a políticos que creen ofenderle con insultos como «abolicionista» y «amante de negros y esclavos».
Frente a los revolucionarios liberales y a los ricos burgueses que usan la política en beneficio propio, Antonio María Claret opta por la auténtica revolución, haciéndose uno con quien sufre —«Vuestras fatigas van a ser mis fatigas»—.
Salustiano Olózaga, político liberal y masón, no le perdonará su incansable espíritu misionero: «Tengo que perseguirle, a él y a todos sus seguidores, hasta la tumba si es preciso». La obsesión de Olózaga nos ayuda a comprender la persecución sufrida por Claret y, décadas después, también por sus discípulos de Barbastro.
En los pueblos de Cataluña, en Canarias o en Cuba, en la Corte de Madrid o en El Escorial, Claret siempre fue misionero. El 24 de octubre celebraremos su memoria, un buen momento para recordar y recuperar su espíritu evangelizador: que Cristo sea conocido y amado por todos.



