Por José Manuel Secades
San Lucas es una de las figuras más fascinantes del cristianismo primitivo. Médico de formación, gentil o pagano de origen y hombre profundamente culto, se convirtió en el autor del Evangelio de San Lucas, el más extenso de los cuatro, y del libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que narra el nacimiento y expansión de la Iglesia. Dos obras que juntas representan casi una cuarta parte del Nuevo Testamento. Aunque no conoció personalmente a Jesús durante su ministerio terrenal, su investigación rigurosa, su sensibilidad humana y su cercanía con los apóstoles —especialmente con san Pablo— le permitieron construir uno de los relatos más completos, compasivos y universales del Nuevo Testamento.
La tradición sostiene que san Lucas nació en Antioquía de Siria, una ciudad cosmopolita donde convivían judíos, griegos y romanos. Su formación médica se refleja en detalles clínicos presentes en su evangelio, como la descripción del sudor de sangre de Jesús en Getsemaní o la precisión con la que narra enfermedades y curaciones.
San Lucas se acercó al cristianismo probablemente en Antioquía, atraído por la expansión de la nueva fe. Su vida cambió definitivamente cuando conoció a san Pablo, de quien se convirtió en compañero de viaje, discípulo y amigo leal. Acompañó al apóstol en momentos decisivos, presenció persecuciones, naufragios, conversiones y conflictos internos de la Iglesia naciente. Su fidelidad quedó inmortalizada en la frase de Pablo: «Solo Lucas está conmigo», escrita desde la prisión en Roma poco antes de su muerte.
Como escritor, san Lucas se distingue por su rigor histórico y su sensibilidad hacia los marginados. Investigó, entrevistó testigos oculares y organizó su relato con precisión, mencionando gobernadores, censos, rutas y ciudades que la arqueología ha confirmado con el tiempo. Pero más allá de la exactitud, su evangelio destaca por su profunda humanidad. San Lucas presenta a un Jesús que llora, que se compadece, que se detiene ante el sufrimiento de una viuda para resucitar a su hijo único, y que rompe barreras sociales y religiosas para acercarse a los excluidos.
Solo san Lucas relata parábolas fundamentales como El Hijo Pródigo, El Buen Samaritano, El Rico y Lázaro, El Fariseo y el Publicano, y la trilogía de lo perdido, la oveja, la moneda y el hijo. Asimismo, san Lucas ofrece detalles únicos sobre la infancia de Jesús y la vida de la Virgen María, como la Anunciación, la Visitación y el Magníficat, el Nacimiento, la Presentación del Niño en el templo, el Niño Jesús perdido y hallado en el templo, lo que ha llevado a pensar que tuvo contacto directo con la madre de Jesús o con personas muy cercanas a ella.
También es el único que narra episodios como la curación de la mujer encorvada, la transformación de Zaqueo y la gratitud del leproso samaritano. Su evangelio revela un Dios que busca, que perdona, que corre hacia el pecador arrepentido y que ofrece salvación sin distinción de origen, sexo o condición social.
San Lucas evangelista, tú que escribiste la historia de la Iglesia naciente, intercede por la Iglesia de hoy en su difícil camino, para que sea siempre fiel a sus orígenes, misionera audaz y abierta al Espíritu Santo. Y ruega por nosotros, para que la palabra de Dios no sea letra muerta, sino vida que transforma.



