Al hilo de la entrevista publicada en La Madroña, revista de su pueblo, Rollán (Salamanca), compartimos parte de la misma. Nos lo imaginamos con un delantal, una sartén o alimento en la mano para cumplir una de las obras de misericordia ¡dar de comer, y bien, al hambriento! Es un viejo amigo de Estar tanto por la búsqueda de nuevos suscriptores como por sus testimonios y la receta de cocina.
La Madroña: Háblanos, Juan Luis, de la familia Benito y de tu infancia en el pueblo
Juan Luis: Nací en Rollán el 25 de agosto del 1961 y formo parte de la familia Benito Rodríguez, de la que nacimos 8 hermanos, apodados los Merinos. Soy el cuarto de los hijos. Mi madre rezó bastante para que fuera niña, pero las matemáticas no resultaron y luego vinieron cuatro hijas.
Siempre recuerdo mi infancia feliz, rodeado de mis hermanos y amigos. Desde pequeño me enseñaron a trabajar. Terminando los estudios de EGB, me animaron a que estudiara. Mi idea hubiera sido seguir en el pueblo. Pero, como todos los hermanos realizaban estudios, me apuntaron y comencé. Me matricularon en una rama de Formación Profesional que duró cinco años y terminé. La verdad es que no le veía mucho futuro. Pero es conveniente terminar lo que se comienza para no dejar mal sabor. Gracias al ejemplo de mi hermano José Antonio, mi vida dio un giro y encontré una ilusión por la cual poder servir mejor en la sociedad.
La Madroña: ¿Cómo entra tu profesión de cocinero y chef?
Juan Luis: Un buen amigo me propuso que, ya que me cocinaba en el piso, podría aprender cocina y en un futuro cocinar en actividades de mi grupo, Milicia de Santa María. De momento esto quedó en silencio, hice la mili y miré lugares donde había estudios de hostelería. En Madrid comencé mi andadura de estudios de hostelería durante tres años. Compaginaba los estudios con un trabajo para poder pagar el alojamiento en Madrid. Las vacaciones las aprovechaba para trabajar ayudando en cocina, compaginando la teoría y la práctica. Al terminar los estudios de hostelería, me ofrecieron trabajar en el Hotel Palace que en aquel momento pasaba de 500 empleados, yo hacía el 525.
La Madroña: ¿Y cómo es la vida de un misionero profesional como tú?
Juan Luis: Todo cristiano, por el hecho de estar bautizado, se convierte en otro Cristo y tiene que darlo a conocer, sobre todo con el ejemplo… Tenemos que hacer de nuestra profesión una misión. En mi caso impartiendo cursos profesionales de cocina en Lima y Arequipa, recientemente en la Selva Central. Llegar aquí, en concreto a Oventeni, supone —en el caso de que no haya problemas— un día de viaje de Lima a San Ramón; de allí me llevó el P. Alfonso, misionero, en su coche, en un viaje de ocho horas. Hay que decir que cinco de ellas —de la carretera, para ellos, nacional— es como un camino de Rollán, pero con lluvias y roderas, por montañas y gran desnivel del terreno. Allí estuvimos en un internado con 150 jóvenes nativos del grupo asháninka. Uno va con su sabiduría, su profesionalidad, y, de repente, te encuentras con una cocina de leña cocinando sobre unas parrillas y unas marmitas grandes. Y no te queda otra que aceptar la pobreza con paciencia y no estorbar, ofreciendo la buena voluntad y caridad.



