Por Mikel Garciandía Goñi, obispo de Palencia
1. La entraña de la Iglesia
Hablar de misión suponía para los católicos europeos, hasta hace bien poco, hablar de la missio ad gentes, es decir, del envío de misioneros cuya tarea era la plantatio ecclesiae, la implantación de la Iglesia en aquellas naciones paganas, es decir, no cristianas. En la actualidad, esa percepción ha caducado y hace décadas que se habla de que Francia es país de misión, y España, y todos los países occidentales, afectados por una acelerada y creciente secularización.
Junto con ello, algunos vamos percibiendo que el final del periodo de cristiandad nos conduce a un escenario que los sociólogos comienzan a llamar postsecular. En él, los católicos hemos de asumir que la hegemonía cultural, perdida a partir de la revolución francesa, el comunismo, el liberalismo y mayo del 68 no es un escenario posible ni deseable. No se trata de reaccionar a los hechos históricos, sino de dar una respuesta desde el Evangelio. Es decir, no nos corresponde rivalizar con el secularismo, entrando al choque con las ideologías ateas en un estéril intento de recuperar el espacio perdido. El tradicionalismo, el emotivismo y el iluminismo no son una respuesta desde Dios. Lo que nos toca es abrazar la realidad de nuestro mundo, este en el que nos corresponde vivir y luchar. El neopaganismo rebrota con fuerza y el Señor, a través de su Espíritu Santo, nos emplaza a misionar y discipular a nuestros contemporáneos.
El título de este artículo comienza con el adverbio que tanto le gustaba a Cristo: hoy. Él había sido enviado por el Padre para cumplir todas las profecías de las que el pueblo de Israel era el depositario. San Juan Bautista es quien da testimonio de él: «El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él» (Jn 3,31-36).
El Concilio ha supuesto un acento decisivo en la revelación, entendida no en una clave meramente doctrinal, sino existencial, litúrgica y eclesial. Aquí es donde hallamos la entraña de la Iglesia: «Dispuso Dios, en su sabiduría, revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2). De ese modo, la Iglesia se convierte en un sacramento universal de salvación. Los creyentes somos signo y profecía del nuevo mundo que emerge con el misterio pascual de Cristo, cuyo destinatario es toda la humanidad.
Los cristianos no somos un residuo del pasado, sino el fermento de la nueva humanidad, volcados a llevar a todos la alegría del Evangelio. De hecho, los evangelios no son unos textos sagrados cerrados, acabados, sino que sus últimos versículos abren una historia de la que nosotros formamos parte. El cierre en san Marcos es en realidad apertura: «Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Lo mismo sucede con san Mateo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).
El Concilio Vaticano II es un concilio eminentemente misionero, al situar a la Iglesia en su diálogo con el mundo. Los papas han desarrollado esta intuición: san Pablo VI, con la Evangelii nuntiandi, san Juan Pablo II con la Redemptoris misio, Benedicto XVI acuñando en Aparecida la expresión discípulos misioneros, Francisco con Evangelii gaudium son magníficos exponentes de ello.
2. Un mundo sediento
Cuantos trabajamos en el ámbito pastoral, asistimos con esperanza a cambios culturales profundos en nuestra sociedad postsecular, en la que el fenómeno religioso muestra una vitalidad, hace unos años insospechada, en ámbitos como el de la piedad popular (cofradías, peregrinaciones, santuarios). En los jóvenes, la sed de sentido y el hambre de relaciones genuinas lleva a que el primer anuncio, tan difícil en décadas anteriores, hoy rebrote con fuerza en nuestro ámbito cultural occidental.
El vacío, el consumismo y la ruptura de los vínculos familiares, han dejado al individuo profundamente herido, solo y sin referencias sólidas para vivir. Hoy toda la tierra es país de misión ya que nadie escapa a las garras de la increencia. La raya entre creyente y no creyente no es sociológica, sino existencial. Todo hombre y toda mujer es tentado con no creer, no esperar, no amar. Se ha radicalizado la lucha entre Dios y el enemigo de la naturaleza humana. La batalla por la verdad se juega en el escenario de cada ser humano. La persecución es la situación común de muchos hermanos en el tercer mundo, pero la muerte del alma es el peligro de cuantos vivimos en las llamadas sociedades del bienestar.
Por todo ello, considero que los bautizados hemos de retomar la conciencia de que, al haber sido expropiados de la mundanidad, hemos de asumir la conciencia de vivir en los últimos tiempos. Somos extranjeros en nuestro propio país, y ningún país lo consideramos ajeno. Somos el alma del mundo, como rezaba un antiquísimo documento cristiano, la Carta a Diogneto.
Los cristianos sabemos dónde está la fuente de agua viva, dónde el alimento que nutre de verdad, el colirio que sana nuestra ceguera. Pero seguimos prisioneros de inercias multiseculares. La rutina y la inercia borran a los ojos del mundo nuestra novedad y belleza. Y lo peor es que no nos duele la deriva de millones de hermanos que aún no conocen a quien es camino, verdad y vida. Solo se cambia cuando el dolor de seguir igual es mayor que el dolor que supondría tener que cambiar.
¿Te duele la irrelevancia de los cristianos en nuestra sociedad? ¿Nos duele el clericalismo, el machismo, la ideologización de la fe, la deformación de la caridad? ¿No nos alarma el reducir la fe a actos piadosos individuales y no vivir la eucaristía del domingo como la gran fiesta de los católicos? ¿No nos concierne el dolor del mundo, la marginación de tantos hermanos, la deriva de tantas vidas?
Podríamos alargar la lista. Te invito a que lo hagas, tratando de mirar al mundo con los ojos de Dios. Ya no cabe una Iglesia acomodada, una mera religión cultural, acogotada por lo políticamente correcto. Hay que continuar reactivando el bautismo, hay que dar un giro catecumenal a toda nuestra pastoral, pues hemos de reconocer que no son tantos los discípulos de Jesús, dispuestos a seguirlo hasta el final. ¿Cómo volver a ser en plenitud pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo?
El Congreso de la Vocaciones nos daba la pista cuando postulaba un cambio de paradigma: de la opción y los valores, a la obediencia y la santidad. La gente necesita a Dios, tantos hermanos han de conocer que hay razones para esperar. Pero solo las hallarán en los amigos del maestro y señor, Jesús de Nazaret, el Cristo.
3. De Babel a Jerusalén
La Iglesia, comunidad itinerante y carismática, continúa su peregrinación por este mundo. Como nuevo Israel, sabemos que hay una meta, y que tenemos brújula y mapas. Hoy no basta con decir que creemos, sino que hay que ser discípulos. El discípulo vive la fe, no se contenta con autodenominarse creyente… no practicante. De una pastoral atraccional, el Espíritu nos invita a una pastoral encarnada. De la mera gestión pastoral, a la gestación de hombres y mujeres decididos a vivir desde Dios para los demás.
El papa León XIV en su primera encíclica, Magnifica humanitas, concreta lo que había anunciado al inicio de su pontificado: así como León XIII afrontó y respondió a los acuciantes retos de la revolución industrial, a él le correspondía hacer lo propio con la revolución digital. En efecto, como sucesor de Pedro, lidera hoy a los católicos del mundo con serena decisión. En ella, nos anima a reconstruir la ciudad abandonada y devastada, para volverla habitable. Como religioso agustino, vuelve a plantear dieciséis siglos más tarde, cuanto san Agustín postula en La ciudad de Dios. Una lucha porque el reinado de Dios llegue y crezca dentro y entre nosotros.
Nos propone el ejemplo de Nehemías, judío en el exilio llamado por Dios para reconstruir Jerusalén: «El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor» (MH 8). Considero que este ejemplo inspirador da con la clave para una Iglesia misionera. No es cuestión de especialistas, sino de todo un pueblo comprometido con la encomienda del Señor.
El papa sabe que toda transformación requiere paciencia, esfuerzo colaborativo y, sobre todo, la fuerza del Espíritu Santo. No me resisto a citar un número de la parte final de su encíclica, cuando, de la mano de san Pablo VI y san Juan Pablo II, plantea, a partir del número 210, construir la civilización del amor.
Me encanta la fuerza que tiene el simbolismo de la literatura y la referencia que aporta: «John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando, a los que vendrán después, una tierra limpia para la labranza”. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción» (MH 213).
El tercer milenio de la cristiandad ha conocido un desplazamiento del eje en la Iglesia católica: en efecto, de ser eurocéntrica en los dos primeros milenios, a bascular hacia América latina, y actualmente hacia Asia, y sobre todo a África, que es hoy día el continente cristiano por excelencia. Iglesia de mártires, es la tierra en la que la comunidad cristiana vibra en torno a la liturgia, a la comunión y la alegría incontenible del Resucitado. Y ello, a pesar de la colonización cultural, la persecución de la fe y el expolio económico.
Nosotros, desde España, estamos llamados a vivir lo que somos, a compartir cuanto Dios nos ha regalado: la fe en el amor de Dios que ya lo ha cambiado todo, y lo ha cambiado para siempre.



