Por Ricardo Enzian
Llegar con mi mamá a Santiago de Aravalle (Ávila), principió en mi vida un viaje profundo hacia la región más recóndita y dormida de mi alma, de esa parte nuestra que la acústica contaminante y el caótico estrés colectivo de ciudad no nos permite conocer a falta de paz, de espiritualidad y de silencio. Fue un viaje donde pude conocer el sentido de mi vida en comunión del Señor, con las cosas que él había preparado para mí desde siempre, pero que yo, pecador y errante «creatura» sin rumbo y rebelde sin causa, me negaba categórica y sistemáticamente a dejar que afloraran.
Ahora lo tengo claro. Dios no juega a los dados, como decía Albert Einstein, a partir de la impronta de su dios personal y cosmogónico; le arremetió verbalmente a César Vallejo cuando el poeta peruano de Santiago de Chuco, en unos versos de sus «Los dados eternos» constituye a Dios como un artífice jugador de dados para sortear la vida de los hombres. No creo que en mi caso personal se haya dado así; desde antes que mi madre me trajera a este mundo, el Señor ya lo tenía preparado en sus designios para mí, para que viviese la experiencia primeriza y enriquecedora de unos Ejercicios Espirituales ignacianos.
Como aquel que tiene más preguntas que respuestas en su vida, al llegar a la casa del Movimiento de Santa María, sede de los ejercicios, comencé a desprender de uno en uno la suma de pensamientos, como quien desgrana un maíz virgen y recientemente sacado de la tierra en torno a mi existencia allí, con la manía de filósofo y las preguntas que lo consuelan o desconciertan por partes iguales: ¿Hacia dónde voy? ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es el propósito de todo esto?
Sin embargo, me confronté a mí mismo, en medio del silencio de la antesala a las charlas que el padre Santiago Manso nos dio durante estos días, conminándome a dejarme llevar por la mano del Señor y la bendición de nuestra madre, María. A pesar de los pensamientos reticentes, de las distracciones en forma de recuerdos de jaez urbano y madrileño de capital moderna y ruidosa, hice el gran esfuerzo de dejarme ser, de hacerme estar y ser uno más de los participantes cuya devoción y entrega auténtica al Señor se respiraba a la distancia. De cuando en cuando, me sentía un forastero, un neófito, un aprendiz que no tenía nada que hacer allí.
El entorno que rodea la casa es el idóneo para practicar estos ejercicios espirituales. La naturaleza de la sierra de Gredos te observa desde sus montañas altas, frondosas y extensas, cual cordillera de los Andes o de los Alpes; quiere que la escuches a través del caudal del agua bendita —nunca mejor dicho— del río Aravalle que la recorre, quiere que la respires profundamente con el olor húmedo y fragante de sus jardines y árboles. Hubo mañanas en las que llovió apaciblemente.
El tiempo allí tiene su ritmo, su paso, su propio brillo que, por mucho que me costase al principio, te exhorta a no apartar la mirada de sus paisajes, del cielo, de las laderas y hasta de las vaquitas que pastaban graciosamente, intercalando un mugido tras otro, en detrimento de esa manía nuestra de mirar la hora en el reloj de pulsera o la pantalla del móvil. La pureza y frescura del aire acompañaba a los paseos que mamá y yo intentábamos devenir en silencio, pues tan habladores como somos no podíamos resistirnos en su totalidad para intercambiar nuestras bucólicas, excelsas y milagrosas impresiones. No creíamos ser merecedores y dignos de esos días que vivíamos allí, gracias a nuestro Señor Jesucristo y nuestra Santa Madre.
Los momentos en los que literalmente me olvidé de esa parte de mi identidad citadina, laboral y social, fraguada en Lima y Madrid durante muchos años, fueron puntualmente dos: la hora de las comidas al tiempo que mamá y yo y los demás participantes escuchábamos una pista de audio que versaba sobre la vida y obra de san Francisco de Sales, y los instantes de oración y actitud de recogimiento en la capilla.
Volver a Madrid fue indispensable. Pero lo hice con la convicción de volver a Santiago de Aravalle el próximo año 2027, y de poner en práctica todo lo aprendido y vivido allí, y evitar contra todo pronóstico, de cometer los errores de antaño. Somos seres perfectibles, no perfectos. De modo que el Señor quiere que seamos mejores día a día. Ejercicios espirituales, como los que mamá y yo vivimos allí, nos ponen el camino fácil.

