Por María Baquero y Francisco Sainz
Somos Fran y María, esposos y padres de Blanca, de tres años, Elena, de un año y medio, y de Mateo, que está en el cielo. Intentamos vivir nuestra vocación como familia cristiana buscando ser fieles al plan que Dios tiene para nosotros. Con nuestras dificultades y torpezas, buscamos entregar nuestro tiempo y ser instrumentos para que él pueda hacer su obra.
Fran: María, este verano nuestra familia cumple su quinto aniversario. Echando la vista atrás, la apertura a la vida nos ha regalado a nuestras dos hijas pequeñas: Blanca, de tres años, y Elena, de año y medio. Es evidente que acoger la vida así exige renunciar a muchas cosas por un bien mucho más grande. ¿Cómo vives tú ese sacrificio diario que supone construir nuestro hogar?
María: Lo vivo con la certeza de que estamos construyendo los cimientos de algo muy grande. Renunciar a nuestras comodidades, al tiempo libre o al descanso por cuidar de las niñas a veces agota, pero es ahí donde la familia se convierte en raíz. En esos sacrificios diarios es donde ellas aprenden los primeros gestos de ternura y de que el amor es entrega. Entiendes perfectamente que el amor no es solo un sentimiento, sino que exige permanecer y cuidar del otro en todo momento.
Fran: Y esa misma apertura a la vida nos llevó hace poco a esperar con ilusión a nuestro tercer hijo. Te quedaste embarazada de nuevo, pero al poco tiempo el médico nos confirmó que el embarazo no evolucionaba con normalidad, y nuestro bebé, a quien bautizamos como Mateo, se iba al cielo. Ha sido un golpe duro para nosotros, un dolor desgarrador a nivel humano que jamás habíamos experimentado. ¿Qué ha supuesto este golpe para ti como madre?
María: Ha sido una experiencia muy dura. Es un dolor difícil de explicar. Sin embargo, en medio de esa oscuridad, hemos descubierto muchos regalos que nos ha hecho el Señor. Nos ha ayudado a empatizar de una forma profunda y real con tantas familias que ya han pasado por la pérdida de un hijo. Esta situación nos ha hecho ser más conscientes de que la vida es un regalo inmenso y un verdadero milagro. Te das cuenta de que no tenemos el control de nada y de que vivir cada día con nuestras hijas es un verdadero regalo.
Fran: Es verdad. Ha sido un tiempo de mucha cruz, pero también ha sido bonito experimentar cómo el Señor ha estado súper cerquita de nosotros. El tema que se nos proponía para la entrevista, menciona que las raíces no se ven, pero sostienen al árbol incluso cuando llegan las tormentas. Esas raíces en la fe cristiana que tú y yo hemos vivido y heredado de nuestras familias de origen son las que buscamos construir en nuestra familia.
María: Exacto. Si no tuviéramos esas raíces, esta tormenta nos habría derribado por completo. Ese ha sido uno de los regalos que nos ha traído la vida de Mateo, el ser conscientes del regalo que es tener el don de la fe. Hemos comprobado que el Señor sigue entrando en nuestras casas, incluso en aquellas que pasan por dificultades, heridas profundas o cansancios. Saber que Mateo existe, que es nuestro hijo y que Dios lo tiene en sus brazos nos ha dado la esperanza necesaria para seguir caminando juntos.
Fran: Desde que nos casamos, hemos buscado construir en esa dirección, intentando vivir la fe de manera muy natural. Rezar juntos por las noches o tener presente durante el día lo que nos quieren Jesús y la Virgen, hace que, lejos de «espiritualizar» la vida humana de forma artificial, el cielo y la tierra estén más cerquita. ¿Cómo has visto reflejado esto en Blanca, nuestra hija mayor?
María: Lo de Blanca ha sido precioso y un testimonio enorme para nosotros mismos. Cuando le contamos con naturalidad que su hermanito Mateo estaba malito y que igual se iba al cielo, lo integró con una naturalidad increíble. Cuando le contamos que Mateo ya se había ido al cielo enseguida entendió que ya se había curado. Ahora reza por él y se acuerda de él muchos días. Al enseñarle a Blanca que el cielo es real y que su hermano nos cuida desde allí, creemos que le estamos dando unas alas para mirar la vida, la muerte y la eternidad con mucha paz y libertad.
Fran: Qué gran verdad. Ninguna familia es perfecta, pero todas pueden convertirse en ese lugar de encuentro con Dios a través del diálogo y la misericordia. Mateo nos ha enseñado que nuestra familia no solo está aquí en la tierra, sino que ya tiene un pedacito en el cielo. Que el cielo y la tierra están más unidos de lo que creemos en el día a día. Que Dios se hizo hombre no para evitar el sufrimiento sino para darle un sentido y acompañarnos.
María: Totalmente, Fran. Y creo que esa es precisamente la misión que tenemos ahora hacia los demás. A veces caemos en la tentación de pensar que el dolor nos tiene que encerrar en nosotros mismos, pero la pérdida de nuestro pequeño Mateo nos ha hecho mucho más sensibles al sufrimiento ajeno. Nos ha abierto los ojos a tantas batallas silenciosas que libran otros matrimonios. El tema de la entrevista nos interpela directamente cuando dice que nuestra sociedad necesita familias luminosas, familias que recen juntas, que eduquen en la verdad y que transmitan esperanza. Queremos que nuestro hogar sea siempre una puerta abierta; que Blanca y Elena crezcan comprobando que el amor no se divide con el dolor, sino que se multiplica al entregarse
Fran: María, esa sensibilidad con el dolor de los que sufren es el mejor legado para nuestras hijas. Ojalá logremos, con la ayuda de Dios, que nuestro hogar sea siempre eso: unas raíces firmes para crecer con seguridad y unas alas abiertas para volar hacia la plenitud a la que Dios llama a cada persona. Con nuestras luces y nuestras sombras, intentaremos seguir siendo un ejemplo práctico y concreto de que en la familia encontramos el verdadero refugio para la vida.
Gracias, María, por compartir tu corazón de forma tan sincera. Esperamos que este testimonio pueda ser luz, consuelo y esperanza para todos los que nos leen, animándoles a abrazar siempre el milagro diario que es la familia.

