Por Grupo de editores del libro A bordo del Alfonso Pérez
¿Qué más gloria que ser mártir?
La persecución religiosa en los años 30 del siglo XX llegó a todos los rincones de Cantabria, la crueldad con los católicos se explica por el odio a la fe: jóvenes y ancianos, obreros y empresarios, laicos y religiosos…, fusilados, quemados, arrojados vivos al mar con una piedra atada a sus cuerpos, varios de estos aparecerán en las diferentes playas y las autopsias revelarán la causa del martirio: ahogamiento por inmersión. La bahía de Santander se convirtió en un gran cementerio sin cruces.
Uno de los capítulos más crueles de esa persecución es el protagonizado en el buque denominado Alfonso Pérez, que estaba atracado en el puerto, y debido a la saturación de presos en cárceles y checas de la provincia, sirvió de prisión flotante para retener a universitarios, obreros, religiosos, sacerdotes, seminaristas, seglares de Acción Católica o Adoración Nocturna, durante la persecución religiosa a lo largo de trece meses.
Ellos sufrieron durante ese tiempo las penalidades en esta prisión inhumana: hacinados, con calor y frío, siempre en ambiente húmedo e irrespirable, sin aseos ni servicios básicos. En las cuatro sucias bodegas del buque, destinadas al transporte de carbón y de sustancias grasas, allí pasaron muchos días sin comer, y muchas noches interminables sin dormir.
El 27 de diciembre de 1936, un bombardeo en Santander sirvió de excusa para la venganza republicana contra los presos del barco: lanzaron bombas de mano a las bodegas desde las escotillas y dispararon tiros de ametralladora y de pistola contra los reclusos. A continuación, fueron llamando a cubierta a los demás por orden de lista y eran ejecutados con un tiro en la nuca, hasta que se acabó la munición… Fueron asesinadas 160 personas ese día, víspera de los Santos Inocentes.
Muchos testigos vivieron para contarlo, ellos y sus familiares darán gracias a Dios cada día por el milagro de estar vivos. Los hechos históricos que en el libro se narran, sin odio y sin rencor, buscan la verdad histórica y también recordar la fe y la fortaleza de los mártires que, siendo inocentes, no participaron en ninguna guerra, que murieron rezando y perdonando a sus verdugos.
Ramón Bustamante Quijano es quien nos relata, en este diario de cautiverio, lo que padeció en el barco-prisión junto a los cientos de presos que por allí pasaron. Los que sobrevivieron eran conscientes y estaban agradecidos del regalo de salir vivos de aquel infierno.
Nos fijamos ahora en algunos testimonios de fe, caridad y esperanza que dieron estos mártires de Jesucristo.
Francisco González de Córdova, párroco en Santoña. Encabeza la lista de los 80 nuevos beatos en Santander. Sufrió el acoso y persecución de las autoridades que le impedían decir misa, tocar las campanas, visitar a los enfermos, le obligaron a entregar los libros parroquiales y las llaves de la iglesia. La parroquia Virgen del Puerto de la Villa Marinera quedó convertida en almacén de explosivos.
En el barco dio testimonio de su fe sin reservas. Pidió ser el último en ser ejecutado para confesar y bendecir a sus hermanos antes del martirio, se conserva el crucifijo con el que confortaba a sus compañeros. Dejó una carta dirigida a su madre, lo único que me preocupa es el cielo y quiero ganarle a toda costa…
Luis Mosquera Caramelo, juez de Santoña. Sus delitos fueron ser amigo y asesor de su párroco Francisco González de Córdova. Renunció a escapar por proteger a su esposa y a sus cinco hijos a los que no podía abandonar. El buen juez y mejor testigo, murió en el interior de la bodega con las primeras ráfagas disparadas ese 27 de diciembre de 1936.
José María Corbín Ferrer, universitario valenciano con un futuro prometedor. Estaba en Santander disfrutando de una beca en el curso de verano de La Magdalena. Acudía diariamente a misa a la iglesia cercana de las Esclavas, fue detenido por ello y llevado al barco donde dio testimonio de su fe, dirigiendo el rezo del rosario y animando a sus vecinos de cautiverio. Allí, en la cubierta del buque y de un disparo, encontró la gloria del martirio. Fue beatificado en 2001.
Alfredo Parte Sainz, escolapio. Preso en el barco, su delito fue ser sacerdote y educador en las Escuelas Pías. Tenía una discapacidad en una pierna, al ser llamado a cubierta para el martirio dijo al afrontar las escaleras: Nunca he subido solo, pero por amor a Cristo subo esta noche… Para subir al cielo no necesito bastón. Beatificado en 1995.
Ambrosio de Santibáñez, prior capuchino en el convento cercano a Santoña. Expulsado de la clausura junto a sus frailes, vivirá preso en el buque intentando continuar con el espíritu monacal, y administrando los sacramentos, hasta el día del martirio. Fue beatificado en 2013.
Maximino de la Virgen del Carmen, novicio carmelita de 20 años, expulsado del convento de Reinosa, perdido y desorientado en el monte, fue apresado y llevado al Alfonso Pérez. Allí entregó su vida de modo ejemplar protegiendo con su propio cuerpo de los disparos a otro preso, un padre de familia que se salvó.
Todos ellos sufrieron las penalidades y suplicios en las bodegas del barco. Y también eran conscientes del martirio que les aguardaba porque llegaban noticias del exterior, sus hermanos en la fe estaban siendo asesinados en sus parroquias, en montes y descampados, en fosas o en el mar.
En el barco-prisión la oración es incesante, se están preparando para morir, rezan el rosario en los rincones de las bodegas, de día y de noche. Algunas veces, de forma clandestina, pueden recibir la sagrada comunión. Los sacerdotes y religiosos confiesan, consuelan y confortan a los demás prisioneros.
Los familiares en tierra escuchaban los cantos que estremecían el alma: Perdona a tu pueblo, Señor, o el canto de la Salve al anochecer.
Antes de recibir el disparo mortal los mártires perdonaban a sus asesinos y se encomendaban a Jesucristo, a la Virgen del Carmen, a la Reina de la Montaña Virgen Bien Aparecida, a su Virgen de Valvanuz…
El papa León XIV firmó el 22 de mayo de 2026 el decreto de beatificación de 80 mártires, 13 de ellos entregaron sus vidas en el barco Alfonso Pérez.
Por amor a los mártires no callaremos, por difundir su fe y caridad no descansaremos. Ellos cerraron sus bocas por Cristo, nosotros queremos ser su voz.

