Educar en la vida

Raíces para volar

Juan Antonio Gómez Trinidad

Ilustración que representa las raíces como base de la educación

Raíces para volar, título que tomo prestado[1], puede parecer una contradicción: aparentemente las raíces anclan, sujetan y, por tanto, son un impedimento para volar. En lo que se refiere a la educación, es habitual escuchar la necesidad de romper moldes, valores, ideas —en definitiva, ataduras—, si alguien aspira a volar, a ser libre. En el ámbito de la enseñanza, la nueva pedagogía se ha cimentado sobre la crítica indiscriminada a la educación tradicional; lo «nuevo», por el hecho de serlo, ya se admite como bueno, lo tradicional en cambio es sinónimo de obsoleto, dañino y antinatural.

Esta tendencia a descalificar el pasado, a desarraigar, a renunciar a las raíces, incluso a proclamar que no tenemos derecho a transmitir, surge con la Ilustración, más en concreto con Rousseau. El niño es bueno por naturaleza y quien lo corrompe y coarta su creatividad es la sociedad. Por lo tanto, no hay que imponerle normas ni conocimiento: la espontaneidad, el juego será el mejor camino.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Poco después de fallecer Rousseau, la aparición del llamado niño salvaje de Aveyron[2], cuestionó ese planteamiento antinatural. El ser humano nace prematuramente, en cambio, los animales, especialmente algunos como las tortugas marinas, nacen con el instinto tan desarrollado que inmediatamente se dirigen al mar. Aves, mamíferos etc., requieren un periodo más o menos largo de nidificación, pero en cualquier caso nada semejante al ser humano.

Es la herencia cultural la que completa el déficit de la herencia genética. Nacemos con capacidad de andar, hablar, expresar afectos, etc., pero necesitamos de una educación, una herencia cultural que recibimos principalmente de la familia y posteriormente de la escuela y la sociedad. Dicha herencia nos ha permitido alcanzar las altas cotas de bienestar, la creación de innumerables obras de arte, los derechos humanos y todos aquellos valores que salvaguardan la dignidad de la persona humana. Esta es la herencia recibida a través de siglos que hoy se cuestiona o incluso se intenta negar.

El pasado, la herencia recibida, ya sea biológica o cultural, condiciona, pero también posibilita nuestro vivir. Se puede enfermar de pasado, bien por las heridas recibidas, o bien por la ausencia de raíces. La falta de raíces, el desarraigo, es dañino para la propia vida personal y también para la vida en comunidad. Desconocer, por falta de transmisión, el pasado es una de las amputaciones más perniciosas que sufre el hombre y la sociedad actual. La convivencia se resiente porque hemos perdido aquellos supuestos sobre los que estaba asentada la sociedad, y la educación es imposible.

La generación actual de educadores —padres y profesores— ha abdicado de transmitir los valores, no por maldad, sino por la presión ambiental que les pide un imposible: educar sin exigir, sin principios sólidos ni valores incuestionables, incluso sin contenidos. El relativismo imperante cuestiona cuando no descalifica los valores recibidos. Si el principio era denunciar las herencias recibidas, el resultado ha sido jóvenes desheredados de ese patrimonio cultural y moral. Valores como el trabajo bien hecho, la responsabilidad, el sacrificio, la austeridad o la cultura en su sentido más amplio son hoy difícilmente reconocibles por gran parte de la juventud.

Ya lo recordó en la Edad Media Bernardo de Chartres: «Somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque estamos levantados por su gran altura».

Y aquí entra el segundo elemento del título: volar, despegar, «alzar la mirada», en feliz expresión que ha resonado en España con motivo de la visita del papa. El ser humano también puede enfermar de futuro, a nivel personal —como ya demostró Víctor Frankl en su célebre libro El hombre en busca de sentido— o bien a nivel social. Perdida la fe en Dios y en la providencia, el hombre se refugió en la fe en el progreso: el futuro humano nos garantizaría el paraíso, el cielo en la tierra. Hoy esa fe se ha quebrado, el progreso trajo dos guerras mundiales, creó infiernos como los campos de concentración, el comunismo con sus millones de víctimas y la esclavitud ideológica.

El presentismo, vivir solo del momento presente, es también una enfermedad; sin anclaje en el pasado, la vida produce vértigo y, más aún, si no sabemos hacia dónde vamos. De ahí la necesidad de encontrar un sentido que justifique los esfuerzos, los sacrificios y dolores del presente. En frase de Nietzsche, recogida en el libro antes citado: «Quien tiene un porqué, siempre encuentra el cómo». ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué tipo de persona quiero ser? son algunas de las cuestiones que debemos ayudar a las personas a plantearse. Lo mismo cabría decir de la sociedad: sin un proyecto de vida en común peligra incluso la misma convivencia.

Para Julián Marías, la imagen del arquero apuntando a un blanco expresa la situación del hombre que busca la felicidad. El arco tenso, en las dos curvas que lo forman simboliza las dos fuerzas que mueven al hombre: una viene del pasado, con la cual se coge impulso, y la otra indica la tensión hacia el futuro, el blanco que se pretende alcanzar. Tenemos que enseñar a los jóvenes a tensar el arco para acertar en el blanco.

En estos tiempos tormentosos late en cualquier educador la pregunta que el papa nos lanzó en Madrid, en el encuentro con el mundo de la cultura: «¿Qué herencia estamos dejando al futuro y, por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?».

La respuesta está en los educadores, pero especialmente en las familias. Ser conscientes de ello es el primer paso. No podemos aceptar, con triste resignación, ser la primera generación que deja a sus hijos un legado peor que el que recibimos de nuestros padres.


[1] El Aula familiar Tomás Morales, ha organizado unas jornadas este mismo verano con el título: La familia: raíces para volar.

[2] En 1800, en la región de Toulouse, Francia, fue capturado un niño al que habían avistado unos años antes. Desconocía el lenguaje, la cultura y cualquier hábito que requiriese aprendizaje humano. Mostraba un deterioro humano importante, muy alejado de la humanidad ingenua y feliz que se presuponía.

Explorar