Todos los seres humanos aspiramos a la felicidad. Así lo afirmaron los filósofos griegos, y lo podemos corroborar cada uno de nosotros. Sin embargo, en nuestro tiempo la felicidad ha dejado de ser una aspiración, para convertirse en una obsesión. Ya no basta con desearla: parece obligatorio exhibirla. Cine, publicidad, series, redes sociales, manuales de autoayuda insisten en lo mismo: «Tienes que ser feliz y si no lo eres, algo estás haciendo mal». Para ello nos ofrecen cientos de fórmulas y remedios, todos centrados en el culto al yo.
Por otro lado, esa búsqueda obsesiva ha generado un desencanto enorme. Algunos pensadores actuales han dicho que la felicidad es un timo que el mercado nos vende con éxito. Antes la ofrecía la religión, luego el Estado; hoy la democracia o las dictaduras, pero siempre es un engaño.
Este fracaso lleva, o bien al desencanto y con ello a la amargura, o bien a matar cualquier anhelo de felicidad. Al no ser capaz de atajar las causas de tal fracaso, el ser humano acalla las consecuencias: se trata de anestesiar el momento presente a través de ansiolíticos, consumo compulsivo o evasión digital, horas interminables mirando la vida ajena en pantallas que distraen, pero no llenan.
Pero la necesidad de ser feliz vuelve a brotar, porque es intrínseca al ser humano, como lo es que no se puede conseguir de modo pleno en esta vida. Uno de los grandes filósofos españoles del siglo XX, Julián Marías, expresó ese aspecto bifronte de la felicidad definiéndola como «un imposible necesario». Imposible en su plenitud, pero necesario como orientación vital.
En efecto, el hambre de ser feliz no se sacia nunca, pero ello no impide ser moderadamente feliz. Ya los filósofos griegos supieron distinguir la felicidad de otras cosas que se le parecen, pero que no lo son. La felicidad no es el placer ya que, siendo bueno en cierta medida, es efímero, a veces produce efectos no deseados —no todo placer es bueno—, y además por ser material es superficial, hasta tal punto que se puede comprar. La felicidad, en cambio, no se adquiere en el mercado.
Tampoco consiste en las riquezas, ya que son medios, pero no fines y no llenan el corazón del hombre, aunque lo pueden embotar. La ambición por conseguir riquezas puede hacer que nos olvidemos de vivir, convertirnos en personajes, máscaras que atraen o repelen por su riqueza, falsean las auténticas relaciones personales. Además, las riquezas son muy frágiles y fugaces. ¿De qué sirve —se ha dicho con ironía— ser el más rico del cementerio?
Asimismo, no consiste en la fama o el reconocimiento, algo tan deseado en nuestra sociedad. Es bueno, y hasta necesario, que los demás nos estimen y nos valoren —no tanto por lo que hacemos o tenemos, sino por lo que somos: seres únicos, personas—, pero es muy peligroso depender de la aprobación y el aplauso de los demás. La fama es algo demasiado efímero que atrapa y destroza a los personajes cuando no hay una persona auténtica.
Otro tanto podríamos decir de la salud. No podemos quitarle importancia, pero todos conocemos ejemplos de personas enfermas que irradian alegría, felicidad, y personas sanas instaladas en la queja permanente que no son felices y amargan a los que las rodean.
Por tanto, no hay que despreciar los placeres, ni las riquezas, ni la salud, ni el reconocimiento. Basta recordar que, en la creación, «vio Dios que todo era bueno». Son, por decirlo gráficamente, pizcas de sal. El problema surge cuando se convierten en fines absolutos. Entonces, lo que debía sazonar termina amargando.
La felicidad es dinámica. No es un estado fijo ni una meta que se alcanza de una vez para siempre. Se construye a lo largo del tiempo y exige renuncias: renunciar a falsos atajos, a expectativas desmedidas, incluso a la búsqueda obsesiva de la propia felicidad. Como apuntaba Kant, más que perseguirla directamente, conviene aspirar a ser dignos de ella. Cuando se vive y se actúa bien, la felicidad suele llegar como consecuencia, no como trofeo.
En este mundo la felicidad es posible, pero siempre incompleta. Aceptar esa limitación no es resignarse, sino situar las expectativas en su justa medida. La tradición cristiana, por ejemplo, propone en el sermón de la montaña —a menudo llamado sermón de la felicidad— un camino paradójico: se es feliz incluso en medio del dolor y la injusticia, con la esperanza de una plenitud futura.
La felicidad auténtica brota del interior. No depende exclusivamente de lo que se posee, sino de lo que se es. Por eso resulta decisivo educar a los niños y jóvenes sin engañarlos con señuelos superficiales. Prepararlos para el éxito profesional es importante, pero más aún lo es el éxito interior: llevarse bien con uno mismo, conocerse, aceptarse, aprender a superar dificultades y gobernar los propios impulsos. Quien no es dueño de sí termina siendo esclavo de sus caprichos, miedos o complejos.
La felicidad está a nuestro alrededor y, con frecuencia, la ignoramos. Cualquier día está lleno de momentos felices, si sabemos dar «gracias a la vida que nos ha dado tanto», como canta Violeta Parra. Y esto puede darse en medio de los dolores y dificultades. El psiquiatra Víctor Frankl, superviviente de los campos de concentración, relató cómo la contemplación de un atardecer o de unas montañas lejanas ofrecía a los prisioneros un respiro interior en medio del horror. Durante unos minutos, el sufrimiento quedaba en suspenso. «Qué hermoso podría ser el mundo», murmuró uno de ellos. Aquella frase no negaba la tragedia; afirmaba, pese a todo, la posibilidad de sentido y por tanto de felicidad.
La felicidad exige apertura y entrega. El placer puede ser solitario, pero la felicidad no. Pertenece a la esencia del ser humano, la necesidad de abrirse, relacionarse y donarse. Kierkegaard dijo que: «La felicidad es una puerta que se abre hacia fuera; quien intenta forzarla hacia dentro, solo logra cerrarla más». El amor —en sus múltiples formas: amistad, familia, compromiso, solidaridad— es el ingrediente principal e imprescindible de la felicidad. No se trata de un sentimiento pasajero, sino de una decisión sostenida de apertura y donación. Por eso se ha dicho —san Juan de la Cruz— que, al final de la vida, no se nos preguntará cuánto tuvimos, sino cuánto amamos.
La felicidad plena quizá sea inalcanzable en esta tierra. Es, en efecto, un imposible necesario: una meta que nunca se posee del todo y, sin embargo, da sentido a cada paso.

