Por José Alfredo Elía Marcos
Adelante, peregrino. No te quedes afuera, como un espectador solitario detenido en el umbral de la vida. Adéntrate al interior, toma asiento y alimenta tu alma, que el viaje es largo y fatigoso, y has de reponer las fuerzas. Hoy te ofrezco un menú especial. De primero tienes el cuadro Caridad, del pintor estadounidense Daniel Ridgway Knight (1839-1924). El otro plato te lo ofrece el neoyorquino, Andy Warhol (1928-1987) con sus célebres Latas de sopa Campbell.
Caridad es una amable invitación a entrar en el meollo de la existencia; a dejar de ser meros observadores para convertirnos en protagonistas de la vida. En el centro de la obra, una joven madre deambula por el mundo con su pequeña hija en brazos. Está cansada, hambrienta, sola, y su corazón está triste… Ha sufrido en su carne la aspereza y hostilidad del camino. Ha experimentado el hastío de multitud de cosas efímeras que dejan vacías las entrañas. Ha soportado el desprecio de quienes, sin compasión, la han abandonado a su suerte; y ha padecido la falta de gozo y plenitud de un tiempo postmoderno adverso y una generación inmisericorde.
Ahora bien, ¿realmente hemos sido abandonados, arrojados o expulsados a la existencia sin ningún amparo? ¿Será verdad que caminamos solos, cargando un peso insoportable, sin consuelo ni alivio? ¿No existe acaso un horizonte esperanzador en nuestro deambular?
El Gran Libro afirma que «no es bueno que el hombre esté solo». Y esta verdad lo cambia todo, porque una buena mañana, esta familia, rota y errante, ha encontrado una puerta abierta. Providencialmente, ha recibido una invitación amable en forma de silla para descansar y un plato de sopa en compañía. Frente al mundo inhóspito, frío y sin entrañas que se extiende a la derecha del cuadro, se alza, a la izquierda, la luz y el calor que emanan de una chimenea encendida: símbolo del hogar que acoge. Por todo ello, el día de hoy se ha convertido en un maravilloso domingo.
Vemos aún a la joven detenida en el quicio de la puerta. Ha recorrido ya dos escalones fundamentales en el periplo de la vida: la fe en el cumplimiento de una gran promesa y la esperanza confiada en una ayuda solícita. Pero ahora queda superar el tercer peldaño, que a veces se presenta como infranqueable: ese precipicio de indiferencia que nos separa a los seres humanos.
Surge entonces la cuestión de cómo superar ese abismo entre semejantes. Y la única respuesta verdadera se encuentra en el amor. Un amor-caridad que ensancha el corazón para ofrecer hospitalidad al que viene cansado de lejos. Un amor-generosidad que expolia lo que es mío para compartirlo con el foráneo. Con el amor se opera el auténtico milagro de saber con certeza que ya no estamos solos en el mundo, que existe un amor que se encarna en un ágape, donde la palabra compañía expresa con excepcional hermosura el que comparte-el-pan.
Múltiples detalles de la obra de Ridgway Knight transmiten con delicadeza el mensaje del amor al próximo. En la ventana, un plato de comida proclama silenciosamente al viajero hambriento que, en ese hogar se comparte (en muchas regiones rurales de Europa era costumbre dejar alimento en los alfeizares para los peregrinos necesitados). También destaca una puerta abierta que rompe simbólicamente el muro que separa a los hombres. A un lado, un sencillo taburete invita a tomar asiento al convidado. Y en el centro del cuadro se dibuja una mano amorosa tendiendo un plato de sopa caliente al alma fatigada y necesitada.
Pero la pintura no concluye aquí. Ridgway ha reservado un detalle final, cargado de significado: en el extremo más cercano de la mesa, una cuchara descansa, como una invitación a ti y a mí, a participar de este sagrado convite. A ambos lados de esta cuchara encontramos dos discretos, pero elocuentes símbolos eucarísticos: un trozo de pan y un vaso de vino. Dos especies que hablan de la entrega de aquel que fue capaz de llevar este amor hasta el extremo.
Con sus Latas de Sopa Campbell, el neoyorquino Andy Warhol nos habla también de su cansancio, su hambre, su soledad y su tristeza. También él ha experimentado ese abismo de indiferencia que impone el mundo moderno: ese errar solitario por las calles de la gran ciudad y esa consumición de sopa fría diaria sin compañía. Y lo expresa con un calendario mensual de semanas tan largas que hasta tienen ocho días. Un monótono almanaque con meses de treinta y dos jornadas sin ningún domingo, donde siempre hay para comer una fría lata de sopa procesada. El mismo Warhol reconocía que consumía casi a diario sopa Campbell y bebía Coca-colas como un poseso.
Warhol construyó su fama llevando lo vulgar y ordinario a los museos. Algunos opinan que sus obras son una crítica a la sociedad consumista, pero en realidad son el resultado de una visión vacía de la existencia, carente de esperanza. Al replicar sopa de manera persistente, Warhol niega un mundo mejor y por tanto anula la posibilidad de tener Esperanza.
Volvamos, si te parece, a la mesa donde hoy se celebra una gran fiesta. En el mundo hay quienes viven encerrados en la indiferencia y egoísmo. Seres que se encuentran cómodamente sentados en el trono de Narciso, engullendo la sopa sin levantar la vista del plato. Quizás es que buscan con ansia su reflejo en las aguas ocres del caldo. Que incluso son incapaces que quitarse la gorra en la mesa en señal de respeto. Pero también hay otros —menos visibles, quizás más humildes— que se levantan. Que ceden su asiento y comparten su comida. Que parten el pan, brindan el vino, y que abren, de par en par, las puertas del corazón al que llega cansado de lejos. Precisamente en este gesto se encuentra la Gran Belleza del cuadro de Ridgway. La verdadera esencia de la obra, el auténtico núcleo de toda la pintura, se encuentra en este gesto de amor que une dos almas: la que da y la que recibe. ¿Acaso existe algo más bello?


