Primera plana

Nuevos educadores

Concierto de rock con jóvenes y luces, símbolo del entorno cultural que interpela a la educación cristiana

Por Rogelio Cabado, músico, profesor y padre de familia

Sorprendentemente nos encontramos noticias reveladoras que muestran una vuelta a la fe católica de muchos jóvenes, especialmente, y de mediana edad. Con alivio damos gracias a Dios por ello. Recientemente me encontraba en Barcelona presentando un himno para un centenario. En un monasterio se reunían semanalmente unos mil jóvenes en una hora de adoración ante el Señor Eucaristía. Desde el ámbito de la música, nos sorprenden personajes de la vida pública artística que dan un vuelco a su vida para abrazar la fe.

Es cierto; el ser humano tiende a lo sobrenatural de forma natural. «Nos has hecho Señor para ti —recuerda san Agustín— y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Cuántos hombres de fe, cuántos sacerdotes, religiosas y consagrados que, a lo largo de años, ofrecen sus vidas para anunciar el Evangelio y difícilmente ven el fruto de su entrega. Quizás su vida ofrecida es causa de tanto bien. Todo un misterio.

Noticias así nos conmueven y son aliento para continuar la misión que el Señor les ha encomendado, aunque realmente todos los cristianos tenemos esa responsabilidad de llevar la Buena Nueva que un día descubrimos o heredamos.

Ahora bien, me sorprende ver también, en mi trato con los jóvenes, que no pocos de ellos aman al Señor sin duda, pero se plantean ir a vivir con una chica a los meses de conocerla, por ejemplo. O personas más adultas que no dudan defraudar a Hacienda si fuera necesario, o apoyan el aborto o el divorcio en ciertos casos, o votan a un partido político que atenta contra la dignidad de la persona humana en los temas comentados, o quizás eluden el compromiso del matrimonio manteniendo una larga relación afectiva desordenada con otra persona, o confunden el amor con una relación sentimental más o menos duradera, sea heterosexual o no. Podríamos continuar con un largo etcétera.

Son paradojas que nos extrañan e interrogan. Todos, sin duda, tenemos la responsabilidad de dar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra sociedad: desde el campo espiritual al campo moral, desde la conducta personal a la inteligencia artificial. Nuestra fe católica tiene respuestas para todo ello, sencillamente porque está cimentada en la Sagrada Escritura, la tradición apostólica y el magisterio.

Ahora bien, me pregunto: ¿dónde están los educadores cristianos capaces de afrontar esa realidad y orientar, especialmente a las nuevas generaciones, en temas esenciales de nuestra fe para reordenar conductas y alentar la vida conforme a Dios? Y me pregunto también, ¿esos educadores cristianos serán capaces de servir la verdad y el bien a las nuevas generaciones, siendo fieles a Jesucristo?, o más bien ¿tenderemos a agradar y quedar bien, supeditando las exigencias del Evangelio a comodidades y veleidades del mundo?

Me comentó recientemente un amigo sacerdote, entregado a la educación de los jóvenes, que «la batalla de la sexualidad, especialmente entre nuestros jóvenes, está perdida. De tal manera se ha introducido la promiscuidad sexual entre muchos, que es prácticamente imposible sembrar otra conducta». Pensé que, tristemente, había «tirado la toalla». El mayor error ante desviaciones morales de quienes nos rodean es pensar que no se puede hacer nada, que es tarea inútil.

La verdad y el bien siempre atraen. Lo que Dios ha inscrito en el corazón humano es lo que realmente lo plenifica. Cualquier desviación a la ley natural en su corazón, iluminada por la fe y enriquecida con la experiencia, limita su capacidad para tender a la felicidad. Ahora bien, para el educador —y todos debemos serlo— esto supone incomprensiones, soledad, rechazo y distanciamiento, incluso por parte de quienes puedan ir con nosotros a misa los domingos.

Recuerdo todavía escuchar a nuestro querido P. Morales y a Abelardo de Armas en los campamentos «Es más importante que un joven salga del campamento conociendo su defecto dominante a que salga en gracia de Dios». Decir esto en aquella época podía ser una aberración para eruditos pastoralistas o teólogos. Claro que es muy importante que un joven esté en gracia, pero… iban más allá: vivir en gracia continuamente, permanentemente, con alegría y decisión, contagiando su fe con coherencia, con la firme decisión de vivir así. Eso es lo bueno. Y ahí está la importancia de conocer y luchar con el defecto dominante, el que cada uno tiene. Ello marcará el estilo de vida personal. «Conócete a ti mismo», decían los clásicos. Saber diferenciar entre bien y mal, lo que a Dios agrada y lo que me separa de Él, es hoy una exigencia personal que no debemos descuidar.

El mismo S. Pablo no dudó en luchar contra sus limitaciones «… no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro».

La gran emergencia hoy no es la de más creyentes, sino de «más y mejores educadores creyentes» que eduquen nuestras conciencias para ser coherentes; en nuestros grupos de fe, comunidades evangelizadoras, asociaciones y parroquias, movimientos católicos que, recibiendo una formación en valores, amen a Dios, sean profundos conocedores del corazón humano, que amen y comprendan; asentados en los pilares del saber, la Doctrina Social, del Magisterio y la Tradición de la Iglesia, sepan educar para que podamos dar razón de nuestra fe, sin tapujos ni miedos.

Me llamó la atención que un conocido llegó a diferenciarme entre creyentes «de a pie» y «creyentes radicales», demonizando a estos últimos como si de un partido político se tratara. La vida cristiana, el seguimiento de Cristo, es o no es. O se es cristiano o no se es, aunque vivan ciertas prácticas de piedad y cumplimiento. Las medias tintas en el evangelio no existen. El evangelio a la carta no es evangelio. Los sucedáneos son fáciles y tentadores. «El que no siembra conmigo, desparrama», dice el Señor.

La vida del católico es así: una progresiva escalada hacia la santidad, que es, en definitiva, la máxima aspiración en esta tierra,… el cielo,… como le gusta a Dios. «Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto».

Explorar