Tribuna libre

Cristiada

Cartel de la película Cristiada, dirigida por Dean Wright en 2012, sobre la Guerra Cristera de México

Por Jesús Jaraíz Maldonado

México, 2012
142 minutos
Director: Dean Wright

De forma recurrente, el poder político ha pretendido someter e incluso eliminar por cualquier medio las creencias y prácticas religiosas de sus ciudadanos, en especial si son católicos. Lo vimos en Vencer o morir (Estar, 342), en el caso de la Revolución Francesa frente a los católicos de La Vendée. Y, más recientemente, Un Dios prohibido (Estar, 357) nos acercaba a los mártires de Barbastro, asesinados al comienzo de la guerra civil española.

Este verano se cumplen cien años del comienzo de la Guerra Cristera de México (de agosto de 1926 a 1929). Un mes antes, el presidente de la República, Plutarco Elías Calles, promulgó la llamada Ley Calles, con la que llevó al extremo las medidas represivas y anticlericales contra los creyentes.

El papa Pío XI no abandonó a los fieles mexicanos. El 18 de noviembre de 1926 promulgó la encíclica Iniquis Afflictisque sobre la gravísima situación del catolicismo en México. Como dato curioso, el mes anterior el mismo pontífice había beatificado a 191 mártires de la Revolución Francesa.

Frente a un Estado opresor, los fieles de México se levantaron y opusieron un muro alrededor de la casa de Israel, y se organizaron en guerra (Ez 13,5). Los obispos definían la posición de la Iglesia y buscaban la conciliación; los sacerdotes sufrientes permanecían fieles a la jerarquía eclesiástica; las asociaciones católicas y de padres, los Caballeros de Colón, la Asociación de Defensa de la Libertad Religiosa, la Acción Católica de la Juventud y de las Madres… Todos se organizaron para defender sus derechos y la libertad religiosa.

Utilizaron métodos de protesta pacíficos, como la participación en manifestaciones, recogidas de firmas o el boicot económico, hasta que Calles aumentó la represión y se deslegitimó como presidente al recurrir a fusilamientos, torturas o ahorcamientos masivos.

Cada católico mexicano decidirá su actitud ante la guerra cristera. El sacerdote no abandonará su parroquia a pesar de las consecuencias —«¿Esconderme de Dios? Este es mi hogar»—. José, su monaguillo, recogerá el testigo y sabrá morir con un «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. Anacleto, laico, busca alguna solución pacífica, apoyando con fondos, pero sin luchar. Por su parte, las mujeres católicas aseguran munición, comida y atención a los heridos.

De poco sirven grupos organizados si falta un líder. Gorostieta —general de probada valía y vencedor de Zapata— conducirá a los cristeros. Su falta de fe la suple Tulita, su esposa: «Creo en aquello por lo que lucharás. Puede que así acabes creyendo tú». Algo así como que las ideas no se comprenden hasta que no se viven. La resolución de Gorostieta se basa en su convicción de que en México «volverán a sonar las campanas y nuestras hijas seguirán con su catecismo».

Un siglo después, las campanas suenan en México y en la Basílica de Guadalupe, que cada año recibe a unos veinte millones de peregrinos. Y en el año 2000, san Juan Pablo II canonizó a los Santos Mártires de México, cuya memoria se celebra cada 21 de mayo.

«La Iglesia no sucumbirá, como no sucumbió en el pasado» (Iniquis Afflictisque).

Para aprovechar mejor Cristiada, proponemos acompañarla con la lectura de la encíclica Iniquis Afflictisque, de Pío XI.

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