Por Juanma Ayuso y Pili Cortés
Pili y yo, nos casamos hace casi 28 años y Dios nos ha bendecido con cuatro hijos maravillosos. Compartimos nuestra experiencia de este tiempo, por si sirve para poner en valor, todo lo que la familia aporta a la persona en particular y al mundo de hoy en general.
Nos conocimos en el movimiento apostólico al que pertenecemos actualmente y al que también están vinculados nuestros hijos. Después de año y medio de noviazgo, nos casamos.
La boda fue una auténtica fiesta. Un momento de fe muy intenso. Un encuentro con todas las personas que queremos, con las que celebramos nuestra unión matrimonial. Qué gran recuerdo.
Después de diez meses, llegó nuestro primer hijo. Aquello parecía un milagro. Uno no se cree que llega una nueva vida a las nuestras, hasta que la ves aparecer. Es todo nuevo y te cambia la perspectiva de tu matrimonio y la tuya personal.
Después; aunque teníamos que continuar en la medida de lo posible con nuestra rutina diaria, todo giraba en torno a esta nueva vida. A la fuerza tienes que darte más, tanto a esta criatura, como a su madre y esto te cambia. Ciertamente nos quitó tiempo, descanso, dinero, etc.; pero nos dio mucho más.
A veces se piensa que uno no está preparado para ser padre o madre y resulta que cuando llegan los hijos te das cuenta de que Dios ha puesto en los padres una capacidad inmensa de entrega, que es en definitiva lo más importante y necesario para que una familia funcione. Después las capacidades de cada uno se adaptan y multiplican.
Qué recuerdos para nosotros, poder ver sus primeras sonrisas cuando le hablábamos, o sus primeras palabrejas. Cuando le ves tan indefenso y sale de ti lo que no pensabas jamás. Piensas que darías tu vida por él si fuese necesario. Es un regalo de Dios que sólo si eres padre lo puedes entender.
También afecta a la perspectiva con la que desde ahora ves a su madre. Ella se entrega al 120 % a la criatura y eso hace que surja un amor nuevo, con el que tú tratas de cuidarla más y de compensar un poco su entrega.
Así y cada dos años, han ido llegando los siguientes hijos. Otro niño más y dos niñas. En la actualidad, nuestros hijos tienen 26, 24, 22 y 19 años.
La llegada del segundo hijo fue una gozada; aunque nos parecía que era más del doble. El primero era muy pequeño y el segundo necesitaba mucho de su madre. Había momentos que parecía que no podíamos.
Cuando éramos novios, hablábamos mucho de nuestros futuros hijos. Nunca hablábamos de cuántos queríamos tener; pero sí nos gustaba la idea de ser una familia grande.
Recuerdo con mucha alegría, cómo nuestros dos hijos mayores, siendo muy pequeños, nos pedían tener una hermanita. Nosotros les decíamos que se lo tenían que pedir a Dios, rezando todos los días por ello. Cuando nos enteramos de que Pili estaba embarazada, a ellos se lo dijimos los primeros. Aparte de la alegría que les dio, exclamaron: «Funciona». Es decir, se lo habían pedido a Dios y se lo había concedido.
Llegó la primera niña y más alegría todavía para todos. Parece que el tercero nos costó menos. Tal vez porque era muy buena y daba poca guerra en comparación con la que daban sus hermanos.
Después la cuarta. Parece que con la inercia que ya teníamos nos costó aún menos.
Sin darnos casi cuenta, nos habíamos juntado seis en casa. Como han ido llegando de uno en uno, nos ha permitido ir adaptándonos y organizándonos la casa. Coche más grande, literas y, al vivir en una casa pequeña, se pliegan hasta los platos.
A pesar del cansancio, el poco espacio, etc., muy contentos con la vida de cada día. Esto lo digo porque hemos podido comprobar lo felices que han sido nuestros hijos compartiendo todo.
Tanto les ha gustado ser una familia grande, que empezaron los cuatro a pedirnos un hermano. Llegamos incluso a entregar la documentación para la adopción nacional. Parece que no estaba en los planes de Dios.
Por justificar el título de estas líneas, analizamos con cierta perspectiva lo que ha supuesto nuestra familia para los seis.
En primer lugar, vemos que la entrega de los esposos, aunque con deficiencias, es el ingrediente primero y principal, para que un matrimonio y una familia funcione y sea fecunda.
De esa entrega se hacen beneficiarios no sólo los esposos, sino también los hijos. Ellos aprenden todo de sus padres desde el minuto cero.
Si queremos que nuestros hijos tengan una serie de valores, ellos nos obligan a que seamos nosotros los primeros que los vivamos. Te instan permanentemente a que seas coherente. Por ello, nos ayudan también a los padres a ser mejores.
Si ellos ven que das de ti lo que puedes, estás sembrando ya en ellos que vivir la caridad con los demás «renta» como dicen ahora, porque les hace felices.
Si ven que sus padres de vez en cuando se piden perdón, eso lo aprecian y lo aprenden.
Si procuramos que la vida en casa tenga sus buenas dosis de alegría y sentido del humor, y que cada uno se sienta querido, acogido y escuchado siempre y perdonado cuando sea necesario, habremos conseguido que estén deseando llegar a casa cada día.
Recuerdo muy gratamente cuando uno de los cuatro en una de esas sobremesas largas de las cenas, que es cuando nos juntamos todos nos dijo: «yo cuando me case, me gustaría tener una familia como la nuestra». Sin ser la mejor familia, a nuestros hijos les encanta.
Vamos terminando.
Por nuestra experiencia y la de nuestras familias de origen, vemos que la familia siempre estará de moda. En ella se aprende fundamentalmente a amar de verdad. Aceptando a cada uno, empujando, corrigiendo, perdonando, cuidando lo que sea necesario. Vemos que es el lugar pensado por Dios, para aprender y ser feliz de verdad.
Ojalá nuestro mundo actual pueda redescubrir la familia, para que el hombre de hoy no sufra tanto.
La iglesia, a través de sus familias, tiene un reto importantísimo para ayudar a redescubrir que la familia es luz para el mundo.

