Por familia Núñez Carranza
Es curioso lo que uno es capaz de recordar. Tal vez no somos capaces de recordar nuestro primer regalo, ni dónde fue la primera vez que nos llevaron de vacaciones, pero sí pequeños recuerdos aparentemente insignificantes. Los zapatos de mis padres siempre se quedaban en la entrada, ordenados para evitar que la suciedad de fuera entrara en nuestro hogar, incluso las cenas siempre juntos, donde no había noticias ni distracciones, únicamente, compartir lo que cada uno había vivido, aunque eso implicara también aprender a escuchar.
Tal vez no soy capaz de recordar las coreografías y canciones de las actuaciones del colegio, ni sería capaz de recrear las mismas, pero sí recuerdo muy claro que mis padres nunca faltaron, eso sí que lo recuerdo.
Cuando somos pequeños y nos preguntan acerca de la familia, respondemos de forma inconsciente describiendo nuestra propia familia, sabemos que hay otras, pero para la gran mayoría, su familia es su mundo, y es la que conocemos en detalle, y sin duda, con un gran orgullo.
Llega un momento en el que comenzamos a discernir nuestra vocación, cómo queremos vivirla y lo que implica. Cuando la respuesta la encontramos en la llamada a la vida familiar, es cuando somos conscientes de que nuestros grandes referentes han sido nuestros padres.
Y cuando experimentas en primera persona lo que significa pasar de ser hijo a ser padre, todo cobra más sentido; nuestras primeras impresiones nos llevan a reproducir aquello que hemos visto y vivido en nuestro núcleo familiar, y es cuando realmente empiezas a entender y apreciar el trabajo que ha sido para nuestros padres.
Otra parte fundamental de la familia son los hermanos, que podríamos decir que son las primeras personas con las que establecemos vínculos de confianza. Aquellas a las que enseñamos y nos enseñan valores como compartir, colaborar, ser pacientes… Esta relación entre hermanos es cuidada por los padres durante nuestra infancia, pero durante la vida adulta pasa a ser responsabilidad de cada uno determinar qué tipo de relación queremos mantener.
En este camino, llega un momento en el que te encuentras con una persona con la que compartir tu vocación, iniciando juntos un camino de discernimiento, entrega y crecimiento mutuo.
Comienzas a plantear tus referentes, tus pilares, tus imprescindibles y tus no negociables, y con todo esto, sin ser consciente, ha comenzado un trabajo conjunto, un trabajo donde establecer nuestros referentes, nuestros pilares, nuestros imprescindibles y nuestros no negociables, y dar lugar así, a lo que será nuestra familia.
Es inevitable que cada uno comience este camino junto con sus propios referentes, aparece entonces el momento de confrontar modelos, hablar y hablar y hablar, y con eso comenzar a construir los cimientos de lo que queremos que sea nuestra familia, y es ahí cuando poco a poco nos vamos independizando de nuestro núcleo de referencia.
En nuestra familia, que poco a poco vamos construyendo, es cuando casi sin darte cuenta llegan los hijos, ahí radica la importancia de cómo nos relacionamos con ellos, lo que les transmitimos y sobre todo cómo lo hacemos, y esto es una gran labor y responsabilidad, porque cada uno, como hijos de Dios creado a su imagen y semejanza, somos únicos. Eso supone que la relación con cada hijo es distinta, y como padres tenemos que identificar sus necesidades y adaptarnos a ellas, para que, por encima de todo, perciban que son queridos.
En línea con esto, recientemente hemos iniciado una nueva etapa como familia de cuatro, cosa que estamos disfrutando inmensamente, no sin aparecer los miedos de si lo estaremos haciendo bien, que los dos (especialmente la mayor) no se sienta desplazada, y hacerle entender de la mejor manera posible que el amor no se ha dividido, sino que aumenta con cada hijo que llega.
Reconozco que cuando hablo de familia siempre tiendo a hacer referencia en un primer momento a un matrimonio con hijos, supongo que por haber recibido el regalo de la maternidad. Sin embargo, la familia parte del propio matrimonio, la relación que establecemos, mantenemos y cuidamos con nuestro marido o mujer a lo largo del tiempo; la forma de hablarnos, la forma de mirarnos o la forma de cuidarnos el uno al otro, también es percibido por nuestros hijos y determinará en gran medida las relaciones que establecerán según vayan creciendo.
Por tanto, y haciendo uso de las enseñanzas del padre Tomás Morales, ser familia es un trabajo diario, que implica poner en práctica virtudes humanas y espirituales. Trabajar en la reflexión, que ayudará al diálogo en el matrimonio; en el espíritu combativo, en situaciones de dificultades matrimoniales o familiares; en la fidelidad a nuestros compromisos y en la entrega a nuestros hijos, pero también a otras familias y sus hijos. Y, por supuesto, destacaría como pilar fundamental, la relación del matrimonio con Cristo y la necesidad de cultivar y participar de manera activa en los grupos de formación y vivencias que desde el movimiento se nos regalan, en los cuales encontramos puntos de apoyo sobre matrimonios en los que vernos reflejados y que nos ayudan a no perder la mirada hacia el cielo y dirigir nuestros esfuerzos en la dirección correcta.
En definitiva, podríamos decir que la familia nos aporta las raíces para crecer, sobre las que comenzamos a establecer vínculos, sobre la que se estructura nuestra personalidad y la que nos da la confianza y las alas para volar en el futuro.

