Por Lucía Prieto
Ante la sugerencia de escribir un artículo sobre el título del Aula Familiar Tomás 2026 («La familia: raíces para crecer, alas para volar»), acudió a mi mente la imagen de las vides del Priorat. Vaya por delante una petición de disculpas a mis paisanos de la Ribera del Duero; espero que esta infidelidad vinícola transitoria quede entre nosotros. El cariño a nuestra tierra y sus vinos sigue intacto.
Las vides del Priorat, que crecen sobre la licorella —suelos de pizarra en fuertes pendientes—, están reconocidas internacionalmente por la excelencia de sus vinos. Estas plantas sobreviven en un terreno hostil, perforando la roca firme a gran profundidad en busca de agua. Solo así consiguen dar un fruto de una complejidad mineral única.
Estas vides reflejan muy bien el camino que recorre una familia cristiana, la cual no está llamada a habitar en valles cómodos y llanos:
La piedra nos habla de los momentos difíciles y de los senderos áridos: una enfermedad, una pérdida devastadora o una ruptura familiar dolorosa que irrumpen en el salón de casa sin pedir permiso.
Las raíces, que perforan la roca centímetro a centímetro, son la manifestación de la oración y de una fe que buscan el «Agua Viva» que solo se halla en lo escondido, abrazando la roca que es Cristo.
El fruto y el vino representan el testimonio de la vida familiar, que debe reflejar virtudes como la paciencia, el perdón y la generosidad.
Este vino no es para guardarlo en casa, sino para compartirlo con los demás a través del servicio y la ayuda al prójimo; es el impulso que da a la familia las alas para salir al encuentro del mundo. Así, al superar juntos las dificultades de la mano de Dios, la familia crece y se convierte en un ejemplo de alegría y esperanza para el mundo.
En mi propia familia hemos vivido esto muy de cerca. Distintas circunstancias de estos últimos años nos han hecho experimentar en carne propia «la aridez de la licorella». Nos ha tocado recordar que el camino de todo creyente incluye, tarde o temprano, pasar por la cruz. El dolor es parte de la vida y nos toca a todos. Sin embargo, en esos momentos difíciles es cuando hemos descubierto que la pérdida nos ayuda a despojarnos de la soberbia y a dejar de depender de cosas irrelevantes.
Es ahí donde experimentamos que Dios nos sostiene con fuerza cuando todo a nuestro alrededor se derrumba. La historia de la fe nos enseña que esos momentos de oscuridad no son el final. Dios es capaz de cambiar nuestro corazón usando precisamente las piezas de nuestros fracasos.
El viñedo de Dios: el valor de la comunidad
Sin embargo, ninguna cepa sobrevive aislada en la ladera. El vino del Priorat no es obra de una planta solitaria, sino el trabajo de un viñedo entero que comparte el mismo suelo, sufre las mismas tormentas y recibe el cuidado del mismo viticultor. Del mismo modo, ninguna familia cristiana tiene que cargar con su cruz en soledad.
En los momentos difíciles, cuando flaquean las fuerzas, la familia necesita sostenerse en la Iglesia. Encontrarse con otras familias que comparten la fe y pasan por problemas parecidos ayuda a no tirar la toalla. Cuando una familia sufre, la ayuda real y las oraciones de los demás son lo que da la fuerza necesaria para no perder la esperanza y seguir caminando.
Los amigos en el camino
En todo este tiempo, nuestra familia no ha estado sola. Nos ha ayudado la compañía de dos amigos que han aliviado las cargas y nos han regalado su luz: el médico japonés Takashi Nagai y la joven madre italiana Chiara Corbella. Su presencia en casa no es una simple historia del pasado, sino una experiencia real de la comunión de los santos. Se han convertido en esos hermanos mayores que entran en nuestra vida familiar para recordarnos que la santidad no es algo inalcanzable, sino algo cotidiano que se forja en medio de los momentos difíciles.
Takashi Nagai nos ha enseñado a vivir el sufrimiento con esperanza y sin amargura. Cuando la bomba atómica de Nagasaki lo dejó sin su esposa y sin su comunidad, él decidió perdonar en vez de llenarse de odio. Como médico experto en radiación, se volcó en cuidar a los heridos y en llevar el amor de Dios a un lugar totalmente destruido. Al final de su vida, enfermo de leucemia en fase terminal y sin poder moverse de su pequeña cabaña, siguió trabajando y escribió libros que ayudaron a reconstruir la paz y la fe de su pueblo. Él nos demuestra que, sobre las ruinas más dolorosas, Dios puede construir una paz que nada puede romper.
Por su parte, Chiara Corbella nos ha enseñado a confiar en Dios en las situaciones más difíciles. Después de perder a sus dos primeros hijos al poco de nacer, se quedó embarazada por tercera vez. Durante ese embarazo le diagnosticaron un cáncer agresivo, pero ella decidió posponer el tratamiento médico para proteger la vida de su bebé. Aunque su hijo Francesco nació sano, la enfermedad de Chiara avanzó hasta hacerse incurable. Lo que conmovió profundamente a cuantos la rodeaban fue verla irradiar una alegría contagiosa en sus últimos meses de vida. Chiara nos demuestra que el amor de una madre vence al miedo y que Dios nunca nos deja solos en el sufrimiento.
Raíces que sanan, alas que vuelan
Estos testimonios nos enseñan el verdadero sentido de las raíces. Dios no las pensó para retener a los hijos, sino para darles la seguridad y la fuerza que necesitan para abrir sus alas hacia su propia vocación.
Cuando los hijos crecen en un hogar que no esconde sus heridas, sino que las pone en manos de Dios, aprenden lecciones profundas. Ver a sus padres caerse y levantarse, llorar, pero también rezar con esperanza, les da una seguridad espiritual y psicológica mucho más firme que cualquier seguridad material. Ese amor vivido en medio de la debilidad les enseña que su valor no depende del éxito, sino de saberse hijos de Dios. Con esta certeza, los hijos pueden volar sin miedo, arriesgarse por fe y salir al mundo con valentía.
Por eso, la dificultad que hoy carga una familia puede ser mañana el faro que acompañe a otros en la dificultad. Nuestro dolor no cae en saco roto: es el paso necesario para que brote ese vino generoso que el mundo tanto necesita.

