Nos sirven de inicio las incisivas palabras del papa san Juan Pablo II pronunciadas en el castillo de Javier en 1982: «Cuando un católico toma conciencia de su fe, se hace misionero». Es decir, todo católico, cualquier católico, tiene el deber de ser misionero. Así también lo veía el venerable P. Morales y esta convicción ha resonado en nuestras reuniones y encuentros machaconamente.
El asunto concreto es por dónde empezar, cómo lo hacemos.
El P. Morales nos avivó siempre la conciencia de responsabilidad personal en la evangelización de las personas con las que vivimos y trabajamos. Y nos mostró y formó en el mejor método: «uno a uno». Muchos años después el papa Benedicto XVI señaló en varias ocasiones que no es la nuestra una época para la pesca en grandes redes (simbolismo de la evangelización de masas), sino de pescar con caña (la evangelización individual). En definitiva, el método principal de nuestra época no es masivo, sino discreto y personal.
¿Cómo podemos evangelizar «uno a uno»?
En primer lugar, la ejemplaridad, a través del trabajo profesional bien hecho y el cumplimiento de los deberes familiares y sociales. Como seglares tenemos la función de llevar a plenitud los valores humanos genuinos, tanto los individuales como los sociales y culturales, y así contribuir a la construcción del Reino en este mundo, a la gestación de la civilización del amor.
En segundo lugar, la presencia silenciosa y testimonial: como seglares, nuestra eficacia es la del «fermento» en la masa, la encarnación o integración en todos los ámbitos y estructuras humanas legítimas, en contacto con todo tipo de personas. El papa Francisco insistió en que «no se puede evangelizar sin testimonio; testimonio del encuentro personal con Jesucristo, Verbo Encarnado, en el cual la salvación se ha cumplido. Un testimonio indispensable porque, ante todo, el mundo necesita evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente. Es transmitir a Dios que se hace vida en mí: esto es dar testimonio».
En tercer lugar, el «alma-alma» mediante la amistad leal y el servicio desinteresado: se trata, por tanto, de evangelizar de forma personalizada, cara a cara, de acompañar el testimonio coherente de fe y vida con el diálogo y la palabra, que comunica al amigo la salvación que uno mismo ha experimentado.
En cuarto lugar, hay que crear grupos y plataformas de laicos: es decir, formar a jóvenes y adultos maduros y comprometidos con su fe, que, en equipo de misión, en colaboración, se lancen a irradiar con alegría y convicción la fuerza transformadora del evangelio. Con las prácticas de siempre que sigan siendo válidas y eficaces, e innovando formas atractivas de acercar la fe a los jóvenes, divorciados, alejados o no creyentes.
Dos apuntes finales. La importancia decisiva de los hogares abiertos: familias que venzan el aislamiento y en cuyas casas se comparta la alegría cristiana. Y, siempre, la humildad: ante los fracasos o la debilidad personal, tomemos el ejemplo de san Patricio, el evangelizador de Irlanda: «El que quiera, pues, que se ría de mí y que me insulte; yo no me voy a callar ni esconderé los signos y las maravillas que el Señor, que conoce todas las cosas, me ha mostrado. El Señor ha tenido piedad de mí en bien de miles y miles de hombres, porque él veía que yo estaba disponible».



