Con palabras rotundas y claras, el papa León XIV ha señalado la vigencia de la doctrina social de la Iglesia sobre la familia en el discurso a las Cortes españolas: «realidad humana primera, fundamento natural de la comunidad […] que da continuidad interior a la sociedad […] fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones […] primera escuela de humanidad en la que se aprende la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».
Recordamos también cómo, en tono pastoral, el papa Francisco citaba a menudo las tres palabras básicas para preservar la unidad familiar: «por favor, gracias, perdón». Ambos papas instan a afrontar el reto inédito de construir cada familia como instancia humanizadora y como núcleo de evangelización, es decir, como «iglesia doméstica».
Pero deseo, ahora, referirme a otra dimensión de la vida familiar, que es la pretensión de enlazar con relaciones verdaderamente fraternas a las personas con las que convivimos en las distintas realidades sociales, con el objetivo de «hacer del mundo una familia», un lema que podemos extraer de la espiritualidad de Nazaret, propia de nuestro carisma laical.
Efectivamente, Nazaret es la escuela de la fraternidad universal. Pues la espiritualidad que brota de contemplar y seguir a la Sagrada Familia en su vida cotidiana abre un camino de crecimiento globalmente familiar: de la vida sencilla de la familia nuclear, en sucesivos círculos (los parientes, el pueblo, las costumbres, el trabajo, la naturaleza, Dios), nos incorporamos a la corriente de amor con que Jesús y María englobaban a todas las personas y en la que realizaban todos sus quehaceres ordinarios.
Nazaret es el cumplimiento sin estridencias ni aparatosidad de la «civilización del amor».
Solo hay una raíz para arraigar en la familia como proyecto global: la paternidad universal de Dios. Si profundizo en la vivencia de Dios Padre, si me injerto con fe en la vida filial de Jesús, entonces —y solo entonces— estoy preparado para «hacer del mundo una familia». No demos por descontada esta relación paterna con nuestro Dios. Solo el Espíritu de Jesús puede sembrarla y hacerla crecer en nuestro corazón. Necesitamos pedirla con humildad constantemente.
Que, como Jesús, sienta que el Padre me da la Vida, pero no como algo distinto de sí mismo, sino dándose a sí mismo. Por tanto, yo soy hijo, porque soy don del Padre. Que, como Jesús, sea un hijo que ama al Padre con ternura sin medida. Padre, santificado sea tu nombre: que Tú seas perfectamente Tú mismo
—Padre, Abba— en mí.
«Hacer del mundo una familia» es un proyecto ilusionante, que nos desborda individualmente: queremos alas para volar, necesitamos vivir como Movimiento, necesitamos insertarnos y ser Iglesia.
Hay que recuperar el primado de la persona, del rostro singular, de la dignidad inviolable de cada ser humano, amado por Dios gratuitamente, como nos ha recordado el papa León XIV reiteradamente. Hay que recuperar la perspectiva del bien común en la vida social y política, también lo ha remarcado el papa. ¿Cómo podemos sumarnos a este llamado?
Las virtudes silenciosas y «humildes» del trato respetuoso, de la acogida paciente, de la escucha sin pretensiones, del servicio desinteresado…, estas y otras parecidas que implican que nos ponemos a los pies del otro, en el último lugar, son verdaderamente las que nos pueden permitir soñar con esperanza en que el mundo será finalmente una sola familia. ¡Que la Virgen de Nazaret nos ayude a vivirlas!

