Nuestro carisma

Resucitar en clave de «fi»

José Luis Acebes

Escultura policromada de Cristo resucitado (1615) de Gregorio Fernández, conservada en el Museo Goya de Zaragoza

La Pascua nos alcanza una vida nueva con Cristo resucitado. Resucitamos con Él. Si le dejamos vivir en nosotros, su presencia transformará nuestras vidas, que se verán inundadas por la alegría pascual. En pocas palabras, estamos llamados a vivir «en clave de fi». ¿Cómo?

Con fi de filiación. Cristo resucitado le dice a María Magdalena: «Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”» (Jn 20,17). Con Cristo resucitado somos hijos en el Hijo. Esta verdad nos impulsa a buscar la voluntad del Padre y a vivir cada vez más plenamente como hijos suyos.

Con fi de fiarme. Si Dios es mi Padre, ¿qué puedo temer? Como dice una canción carmelitana: «Dios es mi Padre, ¡qué feliz soy! Soy hijo suyo, hijo de Dios». Me fío del Padre. Y también me fío de su Hijo resucitado, que nos dice: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Aquello que el tentador le ofreció con engaño desde lo alto de la montaña si se arrodillaba ante él —«Te daré el poder y la gloria de todo esto» (Lc 4,6)—, el Padre se lo ha concedido al Hijo que se humilló por amor. Y ahora él lo comparte con nosotros. ¿Cómo responder a tanto amor? Viviendo una vida trinitaria, dejando que Dios lleve las riendas de nuestra existencia y confiando plenamente en su palabra.

Con fi de firmeza. El edificio de nuestra vida está asentado sobre los firmes cimientos de la roca que es Cristo resucitado. Nuestra fortaleza no se apoya en nuestras cualidades o méritos, sino en su amor.

Con fi de fidelidad. Cuidando los pequeños detalles de cada día, en los que se manifiesta el amor, permaneciendo fieles al que hemos recibido de Él.

Con fi de finura. Buscando corresponder al amor con amor. Reconociendo los detalles de su amor en nuestras vidas. Viviendo cada vez más unidos al Señor en todas nuestras acciones y procurando una respuesta cada vez más delicada a su amor. Y volcándolo también en el Cristo que vive en quienes nos rodean, empezando por los más cercanos, y conduciéndolos así a la fuente del amor.

Mantengamos los ojos fijos en Jesús resucitado, y los oídos atentos a su palabra.


Pero, en realidad, es el mismo Cristo resucitado quien nos concede vivir estas claves del «fi»:

Él es el Hijo que nos revela al Padre y nos alcanza la filiación: somos hijos en el hijo. Firme es su misericordia con nosotros, y «su fidelidad dura por siempre» (Sal 116,2). La finura de su amor no conoce límites.

Él tiene los ojos y los oídos fijos en nosotros, como las madres, que son capaces de reconocer los gemidos de sus pequeños entre los mil ruidos dispersos del ambiente.

Y vivamos unidos a la Madre que Cristo nos regaló al pie de la cruz. Ella, desde la Anunciación, vive en clave de «fi»: allí pronunció su fiat, su hágase, y lo prolongó fielmente hasta el Calvario. En su Corazón de madre aprendemos la finura del amor, a tener los ojos y los oídos fijos en su Hijo y a llevar su vida a cuantos nos rodean.

Así aprendemos de María el secreto de la Pascua: vivir toda la vida, como ella, «en clave de fi».

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