Saber mirar

Muchedumbre: la colmena humana

Juan Genovés, Vinum. Acrílico sobre tela, 2011. Museo Vivanco.

Por Equipo pedagógico Ágora

La mirada de Dios hacia el ser humano no es una mirada global, de conjunto. Es una mirada personal: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). A Dios le importa «cada uno». Esa es una de las novedades más serias del cristianismo, cristalizada en la noción de persona, desconocida en el mundo clásico y antiguo. Tú eres único, irrepetible, eres «alguien» para Dios.

Que todo el mundo es tierra de misión es de pura evidencia evangélica: «Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). El anuncio de la noticia más importante de todos los tiempos no conoce excepciones ni límites y tiene lugar «de tú a tú». El encuentro con Cristo, de entrada, nos saca del anonimato, nos hace caer en la cuenta de que cada uno de nosotros le importamos, de que «somos alguien» único, insustituible para él.

Juan Genovés (Valencia, 1930 – Madrid, 2020) es representante destacado de una generación artística que reaccionó contra el informalismo pictórico que había convertido la pintura en una presencia exclusiva de los materiales, aniquilando cualquier rastro del hombre en la composición.

Genovés, impulsando la vuelta de los motivos figurativos en la pintura, quiso trasladar al lienzo la «vibración del ser humano». A partir de los años 60 se advierte un estilo claramente reconocible, en especial por el sujeto recurrente en sus cuadros: la muchedumbre, que reflejaba una postura crítica del artista frente a la cultura de masas del siglo XX. En palabras del propio Genovés, la tensión entre la multitud y las figuras aisladas en sus cuadros «tiende a reflejar la fragilidad del ser humano respecto a las fuerzas tremendas y los horrores del siglo XX». Algo así como un enjambre, o un hormiguero: la «colmena humana».

Una inquietante perspectiva cenital reduce al ser humano casi a un punto. Se ve, como deambulando, una multitud anónima de seres humanos reducidos a su mínima expresión plástica, figuritas pintadas como minúsculos grumos de pintura que proyectan sombras alargadas al recibir la luz, aportando la ilusión de relieve sobre espacios blancos, amplios y vacíos.

La obra Vinum, expuesta en el Museo Vivanco (Briones, La Rioja), muestra esta recurrente presencia de la muchedumbre. La obra está pintada con una maestría técnica fascinante. A distancia, se perciben pequeñas figuras humanas —se diría que nítidas y perfectamente delineadas— distribuidas sobre la superficie del lienzo. Sin embargo, al aproximarnos, solo vemos, asombrados, minúsculos montoncitos de pigmento, apenas distinguibles entre sí.

Más allá de afinidades ideológicas latentes en el autor, su fuerza poética se debe esencialmente a su capacidad de evocar gran cantidad de emociones y de posibles lecturas diferentes. En este sentido, más que darnos respuestas, sus obras parecen plantearnos preguntas. Por ejemplo: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?» (Sal 8).

Hagase
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