(Retiro de Adviento, Los Molinos (Madrid), 1971 —inédito, extracto—).
«Levantándose, María corrió presurosa a la montaña»: el primer viaje misionero de la historia. Ha sido constituida para ser madre, pero no para quedarse con el hijo, sino para llevar luz, alimento y vida a los corazones, sin perder la vida íntima de adoración, amor, entrega y ofrecimiento que ha tenido en Nazaret.
No sabe recibir sino para dar. Primero, en su viaje a través de Palestina, atrayendo a todas aquellas personas con quienes se encuentra. Segundo, haciendo la primera santificación del mundo, expulsando el pecado del alma de Juan Bautista. Y tercero, santificando y llenando del Espíritu Santo también a santa Isabel.
Ya está la historia de la Virgen en el tiempo —veinte siglos hasta ahora— y en la eternidad —hasta que se salve el último de los escogidos: sus hijos, mis hermanos—. Ya está definida con una impronta indeleble la ruta de la Virgen en el mundo. Y ahí tienes por qué Ella necesita cruzados que se decidan a imitarla y ofrecer su vida siendo también misioneros en esta empresa.
Es el momento en que mejor repercuten las palabras de Pablo VI: «todo el mundo, hoy, es país de misión». Antes había que saltar fronteras para buscar a los que no creían en Dios. Ahora me los encuentro en Cuatro Caminos, en Vallecas, en la Ciudad Universitaria, en el metro o en cualquier sitio. Toda la tierra es ahora país de misión. «Es la hora de los laicos», son palabras pontificias, de Cristo en la tierra.
El fenómeno más grave de nuestros días es que el mundo tiene fe en la máquina, en la técnica y en el dinero, y ha perdido la fe religiosa. Por eso hay que salir de sí mismo, hay que expatriarse sin salir de España. Ha llegado la hora de la acción. Y esto es lo que está esperando la gente para convertirse.
La Virgen lo sabía perfectamente, sin hablar, dócil a la inspiración del Espíritu Santo. Podría haber seguido en Nazaret. Estaba nadando en el gozo de tener dentro de sí al amor de sus amores en aquella casita. Y, de repente, un fuerte impulso del Espíritu, haciendo que se pongan en marcha las incomodidades del camino y la indiferencia de la gente con quien va a tropezar. Todo lo arriesga. Es el salto de la fe en las alas del amor. Y, enseguida, empieza a contagiar la fe, el amor, la alegría y la paz en el mundo.
Hay que salir y hablar en el metro. Tienes que dar la cara —mejor dicho, dejar que la dé Él, que está dentro de ti—, actuar, funcionar. Es la Virgen abanderada de los valientes, que se pone al frente para quitar miedos, indecisiones y cobardías. Y va diciendo sin mover los labios: «Quien quiera ser mi hijo que me imite. No me contento con la pura contemplación, sino que me entrego a una actividad misionera que lleva durando más de dos mil años».
La Virgen, en la Visitación, es el verdadero modelo. No está siempre en Nazaret —de vez en cuando sí, recluyéndose en la intimidad de su trato personal con Dios Padre en Cristo Jesús—, pero sabía compatibilizar esto con una entrega denodada.
Hay que hacer algo nuevo, lo eternamente nuevo del Evangelio, que consiste en sacralizar —precisamente porque hoy se trata de secularizar—, divinizando todas las actividades humanas. Ir por un camino, hablar con la gente, ayudar y, en los quehaceres domésticos, saber divinizar toda la actividad.



