Por Marcelo González
Es lo que hay. El trabajo (esfuerzo, necesidad, hambre…) es consecuencia de la expulsión del Paraíso y el exilio a este valle de lágrimas. El Génesis narra la rebelión de nuestros primeros padres y el terrible castigo de Jehová Dios: «Maldita será la tierra por tu causa…, con dolor comerás de ella todos los días de tu vida…, con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Gén 3,17-19).
Desde aquél remoto día el sudor del rostro nos redime. En cumplimiento de aquel precepto Jesús fue carpintero («probado en todo, como nosotros, menos en el pecado») (Heb 4,15). San José también. Pedro y Andrés fueron pescadores, Mateo recaudador, otros fueron pastores, hortelanos, mercaderes… Los religiosos alternaron el ora et labora; los santos se glorían en los trabajos que manda el Señor… Sta. Teresa oraba entre los pucheros…, el trabajo es el primer instrumento que utiliza la providencia para rescatarnos al permitirnos la inmolación, cada día, en el altar del esfuerzo aceptado en su nombre.
De hecho, dice la Escritura que a Dios le complacían las primicias del trabajo que los hombres le ofrecían para alabarle siendo «gratos a los ojos de Dios» (Gén 4,4). Más tarde, de ese mismo fruto se entregaba el diezmo. El trabajo debe ir unido a la caridad, aliento del amor de Dios que fundamenta toda la ley; en ella se amasan los humildes ladrillos que edifican la morada del espíritu: «¿No sabéis que sois templo de Dios y su Espíritu mora en vosotros?» (1 Cor 3,16); el humo de ese horno inciensa el trono de Dios. Un corazón que no arde en caridad es un horno apagado, muerto.
El trabajo consciente de cada día alimenta la piedad, la devoción y la entrega para cumplir la Shemá Israel: «…Escucha Israel, el Señor es uno, amarás el Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser (Dt 6,5) y al prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). Con tal precepto se edifica el Reino de los Cielos: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Jn 14,2-3). «No acumuléis tesoros en la tierra donde la polilla y la herrumbre los corroen y los ladrones los socaban y roban, amontonad tesoros en el cielo (…), porque donde está tu tesoro está tu corazón» (Mt 6,19).
Mediante el trabajo bien hecho la gracia transforma el esfuerzo humano en alabanza y gloria de Dios. Pero en este mundo habita el mal que basa su estrategia en el arte del engaño (la misma empleada con Adán y Eva): subvertir el sentido del trabajo para transformarlo en idolatría: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gén 3,5).
No importa con qué tipo de trabajo se alimente el fuego de la vida, todo arderá en esa gran fogata del tiempo que, luego de inflamada en llamas, lo reducirá a cenizas. Tal parece el reverso del mandato de Génesis: que por amor y obediencia el hombre renuncie al fruto prohibido y se redima («porque si comieres de él, ciertamente, morirás» (Gén 2,17) para alcanzar la Jerusalén celestial, el nuevo paraíso. El hombre caído carece de entidad ontológica para saldar el pecado original. La reconciliación está fuera de su alcance, en todo punto inasumible por su naturaleza. Por eso Dios tomó la iniciativa y para borrar su culpa y rescatarlo envió a su Hijo único. ¡Oh feliz culpa, que nos mereció tal Redentor! (Liturgia).
Las pobres y manchadas manos de los hombres solo pueden dar sentido y valor a su trabajo —que no precio, porque no valen nada—, dignificándolo en su nombre, sea cual fuere el cometido. Un trabajo noble puede ser infame y un trabajo esclavo excelso. No importa lo que se haga, sino cómo se haga. Cuenta la intención. Los trabajos en la viña del Señor son inacabables: «soy un humilde obrero en la viña del Señor» (Benedicto XVI).
El libro de Tobías es muy edificante. Tobías, siervo fiel en el exilio de Asiria, no olvidó el corazón de la Ley, «Escucha Israel…» y la honraba auxiliando con su esfuerzo a sus hermanos: «En tiempos de Salmanasar di muchas limosnas a mis hermanos, procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza abandonado fuera de las murallas de Nínive lo enterraba (…) enterré también a los que mandó matar Senaquerib (…) «yo sustraje sus cuerpos y les di sepultura» (Tb 1,16-18). El oficio de Tobías fue socorrer y «enterrar a los muertos» (obra de misericordia).
Pues este es mi desempeño profesional: ni buscado, ni deseado, ni imaginado. La Providencia hace y deshace según está escrito: «… mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová» (Is 55,8). No importa qué se haga, ni la forma legal que tenga, ni el lugar donde se desarrolle, ni la dimensión del trabajo. Se trata de realizarlo conforme a los principios de la fe y la confianza en Dios mediante obras y palabras. Las parábolas de Jesús orientadas al qué y cómo actuar para alcanzar el reino de los cielos son inequívocas: la parábola de los talentos (Mt 25,14 ss.) y la rendición de cuentas el último día (Mt 25,31 ss.) así lo atestiguan. Para el que quiera verlo la vida es tan simple como la sencillez de esas parábolas y el Evangelio.

