Por Rubén López Magaz
La familia es una realidad a la que estamos muy acostumbrados, principalmente, porque todos hemos crecido en un núcleo social al que nos anclamos, el que nos da una historia y que nos proyecta hacia un futuro. De alguna u otra manera nuestra relación con nuestra familia determina lo que somos. Lo vivido, lo recordado, lo experimentado, es la historia que nos transforma, y esa historia se nos viene dada en función de ese grupo social a la que llamamos familia.
Las realidades familiares son diversas, hay distintas maneras de educar, de afrontar los problemas, de vivir los acontecimientos que surgen en nuestra cotidianidad. Buscamos, en la mayoría de las ocasiones, que nuestra familia sea funcional, estable, donde el cuidado y la comprensión sean fundamentos específicos en nuestra vida. Pero ¿es la funcionalidad el único e importante valor de un modelo familiar? ¿Es la estabilidad la única base vital de las relaciones humanas? O, ¿es, acaso, la mirada en el horizonte lo que determina el rumbo del camino hacia dónde quiero orientar la vida de los que me fueron confiados, más allá de funcionalidades o seguridades?
Arraigo
No cabe duda de que el equilibrio existencial es el poso necesario en el desarrollo de toda persona. Es la seguridad vital de quien ha sido ubicado en un tiempo y lugar, en un entorno y con una compañía, mediante todo lo cual es configurado. Sin estos resortes vemos personas aniquiladas, devastadas o incluso enfermas. Es fundamental y urgente que, en las familias, valores cómo la aceptación, el respeto y la alegría se vivan y se encarnen desde la configuración amorosa que vertebra y asimila lo que la vida puede regalarnos. Es decir, crecer bajo una mirada agradecida de lo que me ha sido concedido. Pero ¿es esto suficiente? No es poco… Ojalá nos impregnáramos de todo lo dicho anteriormente. Ahora bien, ¿es todo lo que puedo llegar a vivir? Nuestra misión bautismal nos exige una excelencia, un modo de vivir hacia un ideal más alto, siempre MÁS (MAGIS), que lejos de formularse bajo la premisa del super hombre, se atreva a reconfigurar el modo encarnado y la dirección trascendente por los que vive.
Arraigarse es echar el ancla, es asir lo concreto, formular y reformular los amarres que hablarán de una vida firme, de una estación de regreso. Pero no por ello dejaremos de afirmar que vivir también es un continuo desarraigo. Un continuo soltar lastres que determinarán una vida en libertad, pero también una mirada al lugar al que volver. La familia podría entenderse, por tanto, en esta doble dirección, desde el arraigo y el desarraigo. El lugar donde retornar, donde saber que hay un hueco en la vida y en el mundo, donde estoy hecho simplemente por amor y para ser amado; mas no detendré mi vida encapsulada en ese lugar, pues la mirada evangélica nos habla de un lugar, no solo al que volver, sino al que llegar.
La familia también es ese impulso e incentivo para saber que el cielo no es mañana, sino ahora. Manifestar la vida desde la perspectiva ascendente de entrega, de donación y de compromiso. Y eso solo puede alcanzarse y vivirse desde la desvinculación que hará crear otros vínculos, necesarios y oportunos, para la plenitud del sujeto que nació para que fuera custodiado, en libertad, por Alguien.
Exilio
El exilio es el no lugar, el hábito deshabitado, la permanencia fuera de sí. En Las palabras de regreso, María Zambrano llega a cavilar sobre lo siguiente: «El exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de mi patria desconocida, pero que una vez se conoce, es irrenunciable». Su exilio político le llevó a reflexionar sobre el propio estado vital de estar exiliado. Pues ello nos lleva a la asunción de una soledad inevitable, a la desnudez y a la humildad de saberse desposeído.
Ser familia es ser y estar exiliado, porque tu patria, tú mismo, ya no te pertenece, ni siquiera el habitar únicamente dentro de ti. Tu patria, como dice Zambrano, es tu exilio. Y es allí donde encontramos el lugar que debemos reconsiderar: el otro, los otros, la vida de los que tengo a mi lado. Los horarios, las agendas, los planes…, todo gira en torno a una vida que ya no es tuya. Un lugar que has deshabitado, un yo que deja de ser propio para ser un otros.
Mirar el exilio que supone vivir en familia nos ayudará a saber y a replantear el lugar que habito. Más allá de ensoñaciones propias anteriores a mi momento actual, o de búsqueda de tiempos personales que esta sociedad, meramente productivista y capitalista, nos dirá que habrá que buscar para un bienestar propio completamente autorreferencial.
Ser familia es vivir en el exilio. Un exilio que conllevará pérdida de control pero que marcará, como todo exilio, el camino de regreso.
Esperanza
Tanto el arraigo como el exilio, aparentemente contradictorios, serán los dos baluartes que mantendrán la tensión propia de la ruta marcada para la ascensión. Una lucha de resistencias que convergerán en un rumbo que ya viene marcado desde que fuimos pensados por el amor de Dios: la santidad. Solo desde la esperanza confluyente con las dificultades de la vida, con los contratiempos que toda familia vive, con sus incomprensiones, pero con la belleza de saberse salvados, la funcionalidad o la seguridad de nuestra vida quedará relegada a un segundo plano. Porque lo que sucederá en aparente sombra, el día a día, los madrugones, las preocupaciones por el otro, los despistes hacia los cercanos, los cansancios…, serán motivo de confianza absoluta en saberse limitado. El eco de una vida que quizás no se concibió como tal, pero que fue abrazada, es el asidero por el que la existencia es plena a los ojos de un cielo que sigue esperando nuestra mirada alzada.
Es la familia, por tanto, un lugar donde habitar, desde la imperfección, pero también desde la esperanza plena de que, aun siendo imperfectos, siempre tendremos un hogar al que volver. Porque el hogar, la familia, lugar de perfección para imperfectos, será el cielo que refleje un amor perfecto, donado y trinitario, como reflejo de lo que un día Dios soñó para los hombres: su reino y su justicia.

