Por Ángela Ledesma Carranza
Hace unos años el Señor me creó contando con mi madre y mi padre, un hombre y una mujer que se amaban (y que hoy, y porque Cristo vive en ellos y en su matrimonio, se aman más que antes). Ella comenzó a notar cambios en su cuerpo, le fue creciendo la tripita y fue experimentando una serie de transformaciones físicas y hormonales; mamá me estaba haciendo hueco en su ser. Después de nueve meses llegué al mundo, no tengo muchos recuerdos de mis primeros años, a excepción de alguno esporádico que se ha quedado grabado en mi memoria, pero de lo que no me cabe duda es que mi familia me amó desde el primer momento. Una historia de amor que comenzó un cinco de octubre de hace ya algunos años.
Fui aprendiendo paso a paso, gracias a esos momentos en los que obraba mal y me decían: «Ángela, eso no se hace, pide perdón a tu hermana», o cuando tenía dudas y me decían: «Pues mira te cuento…», por esas sobremesas en las que mi madre nos explicaba a mis hermanas y a mí dudas que podíamos tener sobre lengua y literatura, por ejemplo, o donde nuestro tío nos resolvía alguna duda de historia, o cuando nuestro padre nos respondía cualquier pregunta rápida de matemáticas…, pero sobre todo, esos momentos en los que me invadía la curiosidad, en los que quería conocer y comprender el mundo que me rodeaba, y ellos con el mayor amor me ayudaban a entender.
Como cualquier niña seguí creciendo, y fueron asentándose las bases de mi personalidad, así como de mi educación humana y espiritual. Fui aprendiendo qué era lo que me gustaba, lo que llenaba mi corazón, esponjaba mi alma y me hacía disfrutar de la vida no en tres dimensiones, sino en cuatro. Con el tiempo pude ver que la danza me llenaba, el arte me hacía vibrar, la historia me absorbía y la antigüedad me fascinaba. Y diréis, qué específico todo, y esto ahora ¿a qué viene? Así que, como mis padres hacen y hacían cuando les bombardeaba a preguntas, voy a responderos a este interrogante.
El título de este artículo es el siguiente: «Raíces para crecer, alas para volar», y es que, ¿en qué momento aprendemos a volar? ¿Y cuándo utilizamos las alas para volar? ¿Cuándo tenemos que hacer uso de las raíces para empujar la tierra y así que nuestro tallo salga para poder florecer? Justo en la adolescencia, periodo en el que empezamos a buscarnos a nosotros mismos.
Recuerdo cuando tenía trece años, pasando por el Teatro Gran Vía, vi anunciado el ballet de «El lago de los cisnes», que iba a ser interpretado por el Ballet Imperial Ruso. Mis padres al verme pensativa me preguntaron que qué me pasaba, yo les dije que nada, que estaba todo bien. Al cabo de los días les dije: «Mamá, papá quiero ser bailarina», al principio se sorprendieron, pero desde ese momento toda mi familia me ayudó a volar. La mayor parte de las veces me caía por el estrés, el sacrificio, por mi perfeccionismo…, pero ellos siempre me recolocaban las alas, se quedaban cerquita de mí y me decían: «¡Adelante, confía en el Señor y confía en ti, tú puedes volar alto, pequeña mariposa!».

Fueron casi diez años de levantarme y seguir hacia adelante gracias a una familia que siempre estaba ahí cuando la necesitaba, hasta que llegó un día en el que al caerme me rompí un ala. Me di cuenta de que estaba planeando con un viento dañino y agresivo para mis alas, así que decidí decirle adiós, y emprender vuelo a un lugar en el que poder llegar a volar sin perderme por el camino.
Todo esto comenzó hace dos años, en el momento en el que empecé a ver actitudes que no encajaban con mi manera de vivir y de estar en el mundo. En ese instante decidí no darle importancia, ya que yo era libre de actuar como considerase y no tendría que afectar a mi vida profesional, pero ese mismo año, realicé un viaje en el que experimenté por primera vez lo que era estar donde tú corazón anhela. Comencé a plantearme muchas cosas, pero decidí vivir el momento presente y dejar que el Señor me hablase por los acontecimientos, personas y cosas. A los pocos meses me lesioné, lo que dio pie a un periodo largo de discernimiento.
A pesar de todo, yo seguía queriendo volver al conservatorio, y mi familia dio su vida por conseguir que volviese a pisar un escenario. Cuando llegó el momento de volver solo lloraba. Ni siquiera me alegraba que mi maestra me ofreciese participar en proyectos importantes. Daba lo mismo, nada me hacía feliz. Cada vez iba teniendo menos ganas de estar en clase. La ansiedad no dejaba de crecer. Me encontraba en un mundo que no me hacía feliz, pero ¿por qué ya no? Comprendía que el mundo que rodea a la danza no es compatible con mis valores y mi fe. Me sentía esclava del perfeccionismo, vivía entre egos que te quitan la libertad interior. Y un día dije: «¡Hasta aquí!». Para mi familia fue un impacto, no entendían nada. Lo había dejado todo por la danza y no comprendían cómo a un año de graduarme iba a dejar el conservatorio, la vocación por la que había estado luchando tantos años. A pesar de su confusión y pena, me miraron, sonrieron y me dijeron: «Estamos aquí, lo más importante para todos nosotros es que seas feliz. Así que adelante, hija, estamos contigo». Y a partir de ese día volví a nacer, gracias a esa familia en la carne y en el espíritu que el Señor me ha regalado.
Y es que es en la familia donde nos enseñan a florecer, a empujar la tierra para que la flor salga y experimente la belleza de vivir, a florecer como «flor escondida» que aparece en las rocas de Gredos. Es en la familia donde nos convertimos en mariposas para volar alto y aprender a amar la vida.
Esa primera y pequeña semilla que plantó mi familia, hoy sigue creciendo junto a ella, nutriéndose del agua del amor y las raíces que arraigan en la tierra y las alas que vuelan hacia el cielo.

