Por José Manuel Secades
Nos encontramos en Auschwitz, el campo de concentración nazi. Los ocupantes del barracón 14 están formados. Se ha escapado un prisionero y así permanecerán todos hasta que aparezca. Al día siguiente se aplica el castigo ejemplar: diez prisioneros tienen que morir. El sargento escoge. Uno de ellos no puede reprimir un grito de dolor. Es padre de familia.
Entonces ocurre algo muy extraño. Un prisionero se acerca al sargento: «¿Qué quiere este sucio polaco?». Maximiliano Kolbe contesta: «Soy un sacerdote católico. Quiero ofrecerme a morir en su lugar». El sargento queda estupefacto, pero acepta. Así Kolbe se convierte en el «mártir de la caridad» del siglo XX.
Todo el mundo conoce esta famosa historia. Pero los comienzos de su vida fueron no menos heroicos que el final. Porque Kolbe comenzó a «morir» por sus hermanos desde muy joven.
Nació en un pueblecito polaco en 1894. Los padres tuvieron cinco hijos. Maximiliano era muy travieso. A los ocho años, su madre, desesperada, le dijo: «Hijo mío, ¿qué va a ser de ti?». Entonces el niño rezó a la Virgen. Ella se le apareció y le ofreció dos coronas, una blanca y otra roja. «Entendí que una era la corona de la virginidad y la otra la del martirio. Yo elegí las dos. La Señora me miró con dulzura y desapareció».
A los 13 años ingresó en el seminario franciscano. «¡Lástima que este joven se haga fraile, con tantas cualidades como tiene!», comentó su profesor, quien no parecía tener un concepto muy elevado de los frailes. Al fin se hizo religioso. Y empezó su martirio: acción frenética, trabajo incansable, producto de una profunda vida espiritual.
«La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas», dice, pero muy pronto se le quiebra la salud: tuberculosis, esputos de sangre, hemorragias, continuas jaquecas… Pero si su salud se rompe, no así su voluntad y energía. Nadie sabe de dónde saca las fuerzas, pero trabaja hasta agotarse.
«Mandar a todos los hombres al Paraíso» era su consigna. Para ello cuenta con una gran aliada: la Inmaculada. Le llamaron «el loco de la Inmaculada». «Kolbe ve a la Virgen por todas partes, por eso no halla dificultades en ningún sitio».
Fundó una ciudad dedicada a la prensa católica: Niepokalanow, «La Ciudad de la Inmaculada». Enorme convento de ochocientos frailes. Aquel complejo era un hormiguero de febril actividad: se publicaban ocho revistas, entre ellas, «El Caballero de la Inmaculada», con un millón de ejemplares. Había emisoras de radio, talleres…, y linotipias, para gloria de Dios y de la Inmaculada.
Hasta que lo detuvo la policía nazi: destino Auschwitz.
Kolbe y sus compañeros fueron llevados a la celda del hambre. «Aquí os marchitaréis como los tulipanes», dijo el policía. El día 14 de agosto le pusieron una inyección en la vena. El 15, la Asunción de la Virgen, fue polvo en el horno crematorio. No quedó de él más que el amor.
Juan Pablo II proclamó santo a Maximiliano Kolbe el 10 de octubre de 1982. Las ofrendas de la Misa fueron presentadas por el prisionero a quien salvó la vida y sus cinco hijos.
Que san Maximiliano nos alcance un amor a la Virgen como el suyo y un celo apostólico también como el suyo, porque hoy como ayer hay mucha gente que vive como si Dios no existiera.

