Por Equipo pedagógico Ágora
El 10 de junio de 2026 se cumplen cien años de la muerte de Antoni Gaudí. Ha sido declarado Año Gaudí y a lo largo del mismo se sucederán multitud de actos de todo tipo en su recuerdo. El papa León XIV ha sido invitado oficialmente a visitar Barcelona, y no se descarta incluso que el hoy venerable pueda ser declarado beato en tal ocasión. Sería el respaldo oficial de la Iglesia a la santidad laical vivida ejemplarmente por el arquitecto de Dios.
Gaudí sintió sobre sí, como exigencia imperiosa, la responsabilidad de despertar miradas de trascendencia que se elevasen a Dios desde la agitación de la ciudad, desde los acontecimientos que configuran la vida diaria.
El templo expiatorio de la Sagrada Familia se encuentra ya en la fase final de su construcción, y uno de sus hitos más importantes es la conclusión de la torre de Jesucristo, cuya inauguración está prevista con ocasión de este centenario. Arropada por las torres de la Virgen María y de los cuatro evangelistas, confiere al Templo un sentido de extraordinaria verticalidad, como una plegaria dirigida al cielo a través de la Cruz.
A falta de la fachada de la Gloria, la torre de Jesucristo es como la nota más sublime de una magnífica sinfonía arquitectónica que culmina el sueño del genial arquitecto. Su remate es un terminal de 29 metros, con una base de 12 metros, y una gran cruz tridimensional de cuatro brazos, similar a las que podemos ver en otras obras de Gaudí, con una altura de 17 metros y una envergadura de 13,5 metros. El arquitecto quería que la gran cruz brillara de día y alumbrase con su luz por la noche recordando que Jesús es la luz del mundo.
Con ella, el templo alcanzará 172,50 metros de altura, medio metro menos que la altura de Montjuic, ya que Gaudí no quería que superase la cima de la montaña, que a sus ojos representaba la obra de Dios.
La base que sostiene la cruz presenta inscritas con trencadis cerámico las palabras de alabanza «Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus», de manera similar a las inscripciones de los campanarios de las fachadas del Nacimiento y la Pasión («Hossana» y «Excelsis») y de las torres de los Evangelistas («Amen» y «Alleluia»).
La vida, el trabajo y la creatividad de Gaudí no se comprenden sin la fe. Los templos, escribe, son puentes para llegar a la Gloria. Le movía una intuición fundamental: no habrá sociedad, verdadera comunidad estable de personas acordes en lo que aman, si el templo no es su alma.
Antoni Gaudí pensaba que la Sagrada Familia era la primera catedral de los nuevos tiempos. En ella la piedra se convierte en alabanza y cántico, en ofrenda y en plegaria. Se trata sin duda de una llamada provocadora, de una mirada trascendente que se eleva desde el corazón de la ciudad en tiempos ávidos de luz y de esperanza.

