La respuesta comienza en cada uno de nosotros
Como en octubre se cumple el centenario de la instauración del domingo mundial de las misiones, DOMUND, nos ha parecido necesario dedicar este número a hablar de las misiones desde la perspectiva de nuestros días.
Durante mucho tiempo identificamos la misión con tierras lejanas, culturas desconocidas o pueblos donde el evangelio apenas —o nada— había sido anunciado, pero esa imagen, sin dejar de ser verdadera, hoy resulta incompleta. El mundo entero se ha convertido en país de misión. También nuestras ciudades, nuestros pueblos, nuestras familias, nuestras universidades y nuestros ambientes de trabajo pueden ser considerados tierra de misión, porque necesitan redescubrir la alegría del evangelio.
Vivimos una época de profundos cambios culturales. La secularización, la indiferencia religiosa y el individualismo han transformado el paisaje espiritual de Europa. España, con una larga tradición cristiana, también experimenta el desafío de transmitir la fe a nuevas generaciones que, en muchos casos, apenas conocen a Jesucristo. Sin embargo, esta realidad no debe contemplarse con pesimismo, sino como una oportunidad providencial para renovar el impulso evangelizador.
La misión ya no consiste únicamente en cruzar océanos. Comienza al cruzar la puerta de casa. Cada bautizado está llamado a ser discípulo misionero allí donde vive. Un gesto de cercanía, un testimonio coherente de vida… pueden abrir caminos hacia Dios mucho más de lo que imaginamos.
En esta tarea, la juventud representa una esperanza extraordinaria. Cuando se confía en los jóvenes, responden con generosidad, creatividad y valentía. Las jornadas mundiales de la juventud, la reciente visita de León XIV a España y Francia, las peregrinaciones, el voluntariado y los grupos parroquiales muestran que existe una juventud deseosa de encontrar razones para vivir, servir y creer.
Igualmente, decisivo es el papel de los laicos. La Iglesia necesita cristianos presentes en la escuela, la universidad, la empresa, la política, la cultura, los medios de comunicación y el mundo digital. Allí donde los sacerdotes no siempre pueden llegar, los laicos están llamados a ser presencia evangélica, sembradores de esperanza y constructores de fraternidad. Su misión no es un complemento, sino una dimensión esencial de la vida de la Iglesia.
Hoy más que nunca, la misión exige salir al encuentro de las personas con respeto, alegría y cercanía, sin imposición, sino con el testimonio de una vida transformada por Cristo.
Sí, podemos afirmar que hoy todo el mundo es tierra de misión. También España. También Europa. También nuestro propio entorno. La pregunta ya no es dónde hace falta anunciar el Evangelio, sino quién está dispuesto a hacerlo. Y la respuesta comienza en cada uno de nosotros.



