De oficio, pintor. Pero no de brocha gorda. Algo más que dibujar, algo más que dar color. Artistas y artesanos —en la Antigüedad, Edad Media y Renacimiento— debían preparar su paleta. Nada fácil, desde luego, conseguir una variada gama cromática. Siempre, como paso previo, la preparación de los elementos fundamentales: el colorante, el aglutinante y el disolvente.
El colorante, o pigmento, es la base esencial de la pintura. Entre los más habituales están la azurita (carbonato de cobre) o el lapislázuli para obtener el color azul; los óxidos de hierro y plomo para el rojo; silicatos y arcillas para el amarillo; el carbonato de calcio o el cinc para el blanco; el hollín para el negro…
El aglutinante es el elemento con el que deben mezclarse los colorantes para que éstos puedan aplicarse sobre el soporte. Además les da cohesión y los protege… Los aglutinantes pueden dividirse en dos grupos según sea su diluyente, acuoso o graso. El óleo utiliza el aceite para disolver los pigmentos. La pintura al temple es la que utiliza un diluyente acuoso en el aglutinante como la yema de huevo, o bien colas vegetales, animales o sintéticas. La acuarela es la técnica en la que se utiliza mucha agua como diluyente y muy poca cantidad de aglutinante, que suele ser algún tipo de goma…
Pero no es nuestra intención dar indicaciones sobre pintura, sino contemplar que esto mismo sucede en todos los grupos humanos. Por ello, porque son también las características que conforman un grupo apostólico, no está de más hacer unas consideraciones sobre sus elementos constitutivos. Lo primero que hemos de ver es la pigmentación. Cuanto mayor sea la variedad cromática de un grupo, mucho más enriquecedor. En todo grupo es natural que haya tímidos y lanzados, líderes y colaboradores, tomadores de pelo y cándidos a quienes tomárselo, escrupulosos y manganchas, Martas y Marías, Quijotes y Sanchos, quienes llevan la fama y quienes cardan la lana… Unos y otros ayudan a dar colorido a un grupo.
Es necesaria la variedad cromática. Unidad sí, pero uniformidad no. La unidad respetando la variedad da cohesión, pero la uniformidad estrangula la creatividad. A un jesuita le he oído hablar más de una vez cómo los grupos (los responsables sobre todo) deben respetar la personalidad de cada miembro, para que no salgan como el pan Bimbo, todos igual de cuadraditos, todos pensando y vistiendo de la misma manera, todos tallados por el mismo patrón, y todos igual de… insulsos.
Siempre encontramos aglutinantes, personas positivas que cohesionan todo lo que está a su alrededor. El aglutinante tiende a unir exigencia con respeto a la persona, sabe pasar por alto y perdonar. Tiende a ser optimista, mira hacia afuera, mira al futuro, tiene visión de conjunto, une caracteres diversos, da responsabilidades y respeta a quienes las asumen…
Pero también encontramos, desgraciadamente, disolventes; esos que tienen carácter de polilla, que disuelven lo que está a su alrededor. Miran dentro de sí mismos, se comparan con otros, no atienden a la obra en su conjunto, sino a sus propios derechos y reclaman: «razón tuve, hiciéronme sin razón…». Ya santa Teresa pedía que se huyera de estas personas como de la peste, pues disuelven la obra.
Necesitamos enriquecer nuestros grupos con variedad de pigmentos, y que haya suficientes aglutinantes que templen, que cohesionen… Ahuyentemos, sin embargo, a los disolventes, personas iluminadas, siempre en posesión de la verdad, con grandes valores humanos, pero egocéntricos, sin visión de equipo.

