Primera plana

La Iglesia, maestra

Cruz silueteada en el cielo

Por Fernando Carbajo, doctor en Filosofía

La Iglesia es maestra porque ha recibido del mismo Dios la misión de enseñar: «Id, pues, enseñad a todas las gentes…» (Mt 28,19). La Iglesia «ha sido constituida por su divino autor como columna y fundamento de la verdad, para que enseñe a todos los hombres la fe divina, y guarde íntegro e inviolado el depósito a ella confiado, y dirija y forme a los hombres, a las sociedades humanas y la vida toda en la honestidad de costumbres e integridad de vida, según la norma de la doctrina revelada» (Pío IX, Enc. Quum non sine).

Esta misión educativa de la Iglesia no se refiere exclusivamente a las verdades de fe, sino que abarca todos los campos de la cultura, en cuanto medios para una verdadera educación cristiana, dado que toda disciplina hace alguna relación a la religión y a la moral, y por tanto, a la salvación. De ahí la extensa e intensa labor educativa que ha venido realizando la Iglesia desde hace tantos siglos.

El papa Pío XI dedicó en 1929 una carta encíclica, la Divini Illius Magistri, a la educación cristiana, para dar respuesta a los errores de su tiempo. Lamentablemente, casi cien años después, seguimos «deplorando una ausencia tan extraordinaria de claros y sanos principios, aun en los problemas más fundamentales» (n.1). De los diversos aspectos que aborda la encíclica nos quedamos con dos, quién es el sujeto de la educación y a quién corresponde educar.

En realidad, dice el papa, nunca se ha hablado tanto de la educación como en los tiempos modernos; se multiplican las teorías pedagógicas, se proponen métodos para crear una educación nueva, que capacite a las nuevas generaciones para lograr la felicidad (n.3). Podemos valorar positivamente este hecho como expresión de la conciencia, en sociedades materialmente desarrolladas, de la insuficiencia de los bienes terrenos para alcanzar la perfección humana, que nos habría de proporcionar la felicidad. No obstante, esas teorías pedagógicas yerran al pretender que dicha perfección se puede extraer de la mera naturaleza humana, sin ninguna referencia a la trascendencia (n.4).

Esta es la clave, que Dios es el primer principio y el fin último del universo. «Como la educación consiste esencialmente en la formación del hombre tal cual debe ser y debe portarse en esta vida terrena para conseguir el fin sublime para el cual ha sido creado, es evidente que […] después que Dios se nos ha revelado en su unigénito Hijo, único que es camino, verdad y vida (Jn 14,6), no puede existir otra completa y perfecta educación que la educación cristiana» (n.5).

El sujeto de la educación es el hombre en su integridad, cuerpo y alma, con todas sus facultades. La educación cristiana tendrá en cuenta además que en su naturaleza quedan «los efectos del pecado original, particularmente la debilidad de la voluntad y las tendencias desordenadas del alma», si bien ha sido redimido por Cristo y reintegrado a la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios (n.43).

Por un lado, la concepción cristiana del ser humano nos preserva de toda visión ingenua y buenista de la naturaleza humana; por otro, nos abre a la esperanza en la gracia divina, único medio de sanar las heridas del pecado. «Es, por tanto, necesario desde la infancia corregir las inclinaciones desordenadas y fomentar las tendencias buenas, y sobre todo hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin los cuales es imposible dominar las propias pasiones» (n.44).

El papa califica de naturalismo pedagógico aquellas teorías pedagógicas y métodos educativos que se fundan sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana, olvidando el pecado original y el papel de la gracia. «A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación» (n.44).

El naturalismo pedagógico resulta especialmente pernicioso en lo relativo a la educación sexual, por no reconocer la nativa fragilidad de la naturaleza humana «y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que, en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina» (n.50).

En cuanto a quién corresponde educar, la familia, instituida por Dios para la procreación y educación de la prole, tiene prioridad de naturaleza y, por consiguiente, prioridad de derechos respecto del Estado (n.8 y 27). Los hijos se insertan en la sociedad a través de la familia. «Por esto es de derecho natural que el hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del padre. Sería, por tanto, contrario al derecho natural que el niño antes del uso de razón fuese sustraído al cuidado de los padres o se dispusiera de él de cualquier manera contra la voluntad de los padres» (Santo Tomás, Summa theologica II-II q.10 a.12).

Por otro lado, la familia no es una sociedad perfecta, sino que necesita del Estado para cumplir cabalmente su misión educativa. El Estado, que tiene como fin específico promover el bien común, lo hará —en lo relativo a la educación—, en primer lugar, favoreciendo y ayudando las iniciativas y la acción de la Iglesia y de las familias, y, en segundo lugar, completando esta labor donde no exista o resulta insuficiente, fundando para ello centros educativos propios (n.38); porque «es el Estado el que posee mayores medios, puestos a su disposición para las necesidades comunes de todos, y es justo y conveniente que los emplee en provecho de aquellos mismos de quienes proceden» (Pío XI, Discurso, 14 de mayo de 1929). No es otra cosa que la aplicación del principio de subsidiariedad. La función de la autoridad política del Estado es garantizar y promover, en modo alguno absorber, a la familia y al individuo o subrogarse en su lugar (n.36). Pretender un monopolio estatal en materia de educación, que fuerce física o moralmente a las familias a enviar a sus hijos a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia cristiana o contra sus legítimas preferencias sería completamente injusto (n.38).

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