Primera plana

Lo católico, ¿gira?

Jóvenes de la generación Z empujando un muro, símbolo de ruptura del tabú sobre Dios

Por José Javier Ruiz Serradilla, profesor de Filosofía

De un tiempo a esta parte no deja de hablarse del giro de lo católico. Expresión con la que se quiere indicar que hay síntomas de que empezamos a superar la secularización.

Parece que, en algunos países como Francia, Finlandia, Estados Unidos, España y algún otro que me dejo en el tintero, estamos asistiendo al surgimiento de lo que ya algunos comienzan a denominar postsecularización.

En nuestro país, de raigambre católica, parece manifestarse en que hay una cierta vuelta hacia lo católico, un giro.

Las expectativas

El estreno de Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa, la publicación de Lux, último disco de Rosalía, la entrega del premio princesa de Asturias de Ciencias Sociales y Comunicación al filósofo católico de origen coreano Byung-Chul Han, casi coincidente con la publicación en nuestro país de su último libro Sobre Dios: pensar con Simone Weil, el libro de Javier Cercas El loco de Dios en el fin del mundo junto con el éxito de la serie The Chosen o los llenazos de los conciertos de Hakuna han sido algunas de las chispas que han llevado a multitud de analistas a constatar que algo está girando.

Así, estamos asistiendo a un debate en el que, al menos aparentemente, comparecen posiciones triunfalistas al lado de otras más bien escépticas. No hace falta más que seguir la prensa en tinta y digital para verificar que, casi, no hay día en que no aparezca un artículo sobre el tema.

El giro, ¿existe?

Es indudable que algo se mueve. Comienza a aparecer públicamente y con normalidad lo que siempre ha estado ahí porque es inherente a la persona humana: el deseo de Absoluto. O, como algunos preferimos llamarlo, el deseo de Dios.

La generación Z ha comenzado a romper el muro de silencio impuesto por el laicismo imperante. Se puede plantear la cuestión de Dios y es acogida con normalidad, con independencia de las diferentes posturas, tantas como personas, que se tomen ante ella.

La sed de Dios comienza a manifestarse. Se quiere saber si Dios existe, quién es y si es aquel que, desde lo más profundo, se desea. El camino se abre públicamente y, aunque la incomprensión es mucha, no hay un total abandono. Hay más gente en camino y es novedad que se puede hablar con muchos de los que no lo comprenden. Los centennials han roto el tabú y están contribuyendo a que el resto de las generaciones, desde los millennials a los boomers,comiencen tímidamente a romperlo.

Hay, por tanto, un giro hacia Dios, aunque, en muchos casos, no se sepa quién es ese Dios y si pudiera ser el proclamado por alguna de las religiones existentes.

¿Por qué ese giro? Sin entrar a hacer un análisis profundo y exhaustivo, creo que se pueden identificar algunos de los motivos que están llevando a lo que vemos manifestarse. Me centraré en dos.

Quizás el primero de ellos sea la disolución del catolicismo sociocultural. Muchos de nuestros jóvenes desconocen completamente el catolicismo. Ni están bautizados ni han oído hablar con una cierta profundidad de la fe cristiana y su contenido. No han sido impregnados de esa pátina, aparentemente católica, que sí sigue presente en muchos de los alumnos de la escuela católica.

No pueden rechazar lo que desconocen. Son el malhadado fruto, jamás pensado, del laicismo, que nunca cayó en la cuenta de que se podrá constituir una estructura social que aísle del fenómeno religioso pero nunca eliminar el natural deseo de Dios. Así, estos jóvenes son tierra virgen dispuesta a ser labrada y fecundada. (Curiosamente, no ocurre así entre muchos de los jóvenes que asisten a escuelas católicas, no todos, que siguen rechazando profundamente la fe. Constato, no valoro).

Otro de los motivos es la líquida cultura de la deconstrucción postmoderna que se expresa en la radicalidad del proyecto woke. La licuación de la persona y la llamada a que cada uno cree a su albur los moldes que pueda rellenar con su fluyente líquido no produce más que inestabilidad, fragilidad, sinsentido, vacío y, ojo a los datos, un número creciente de suicidios entre los jóvenes.

Frente a ello, estamos asistiendo a una reacción generacional, una búsqueda de moldes sólidos, de ideas e ideales que puedan reconstituir al yo dotándole de estabilidad y sentido. Comienza a haber una fuerte oposición hacia todo lo que suena a cultura de la cancelación.

La complejidad del «giro»: luz rodeada de sombras

Asistimos a una luz, todavía tenue, que hay que preservar y aumentar y que corre el riesgo de ser sofocada si no atendemos a sus sombras.

El cálido sentimiento del que viven nuestros jóvenes es una oportunidad siempre y cuando sea dirigido por una razón, cuya formación es imprescindible e irrenunciable a pesar de las graves dificultades que presenta hoy tal empeño, y que concluya en el firme y continuado compromiso que no podremos lograr sin un sentimiento centrado. Lejos de esto, el sentimentalismo hará de la luz que comienza a alumbrar un fuego fatuo.

El otro peligro es la tentación de buscar aparentes moldes y, además, de buscarlos en el pasado. Hay un movimiento entre algunos de estos inquietos jóvenes que apunta en esa dirección. Es importante que los moldes sean sólidos y no frágiles y que den respuesta a las inquietudes de nuestro tiempo. Hemos de reivindicar sólidos y permanentes contenidos —esos son los moldes y no las viejas formas socioculturales del pasado— que alumbren nuevas formas sociales y culturales adecuadas a las exigencias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y que siempre serán cambiantes. (Aquí somos los laicos los llamados a acompañar este proceso, de modo singular, si logramos librarnos del clericalismo y el espíritu burgués que nos acomodan).

Más allá del triunfalismo y del escepticismo

Hay luz pero no debemos caer en el triunfalismo al comprobar que la simbología cristiana comienza a aparecer de nuevo o cuando se llenan plazas y estadios e incluso iglesias. Tampoco en el escepticismo como respuesta al inocente, por clerical, triunfalismo. Hemos de recordar cómo gira «lo católico».

¿Cómo gira «lo católico»?

Siempre en torno a un instante. El del encuentro personal con Cristo que transforma la vida y, a partir del cual, se inicia un camino de amor.

Lo católico gira alrededor de su centro, Jesús el Cristo, que transfigura y construye al hombre nuevo, el del Reino. Giro que no es un fenómeno social sino personal. Sólo se realiza uno a uno porque es encuentro de amor y el amor es cosa de dos.

¿Seremos capaces de acompañar ese deseo de Dios que comienza a expresarse sin temor e invitar a esos jóvenes a desear y esperar el encuentro con Cristo? ¿Seremos capaces de acompañar su camino cuando ese encuentro se haya producido? Ahí radica el auténtico giro católico.

¿Lo católico, gira? Nuestra vida es testigo de ello. Transmitamos nuestro giro vital, el que comenzó, sin nunca acabar, en ese instante que nos cambió y cambia.

El tiempo es propicio.

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