Testigos y maestros

En una sociedad en declive está hoy naciendo la nueva cristiandad

P. Tomás Morales

Nacimiento de un río como símbolo del surgimiento de una nueva cristiandad

Transformación social

Sé realista. Observa lo que pasa en tu derredor. Una nueva cristiandad apunta. Quiere flotar por encima de la angustia existencial, de la soberbia hinchazón humanista, de la fría rigidez laicista o del vacío de la posmodernidad. El hombre que piensa empieza a sentirse cada vez más harto de sí. Quiere trascender, encontrar a Dios, y pide ayuda a los cristianos que encarnan y prolongan su presencia en el mundo.

La primitiva cristiandad nació cuando el corrompido Imperio romano se acercaba a su ruina. Los primeros cristianos se injertan en él. Lo transforman lentamente. Al desplomarse el Imperio, ellos construyen los pilares que apoyarán a la nueva civilización que amanece en el mundo. El romanismo —Cristo bautizando la vieja cultura— será la savia de pujante primavera que en los siglos medios alumbre Europa.

En una sociedad en declive está hoy naciendo —aún en catacumbas— la nueva cristiandad. Alborea en un mundo que «camina sin saberlo por derroteros que llevan al abismo almas y cuerpos, buenos y malos, civilizaciones y pueblos» (Pío XII).

El aparente divorcio Iglesia-mundo viene durando siglos. Se agudiza en el Renacimiento, cuando las ideologías humanistas resquebrajan la cristiandad medieval. Después, siglos de silencio invernal de sementera, pero ahora apuntan ya doradas y prietas las nuevas espigas. Es el humanismo vivificado por la Iglesia. La «eterna e incansable recomenzadora», la apellidó alguien. Es la Iglesia que, como la juventud, «atraviesa una de las noches más frías de su historia», pero que camina «hacia una de las primaveras más luminosas».

En el corazón del mundo

En el torrente circulatorio de una sociedad que se seculariza, los cristianos consecuentes dentro del mundo son la inyección intravenosa cargada de vitaminas. La regeneran y vitalizan evitando su destrucción total.

La humanidad ansía, sin saberlo quizás, una encarnación de la Iglesia en el mundo. Tienes que captar esta realidad. Debes percibir los murmullos de las fuentes escondidas y la invisible germinación de una sociedad insatisfecha que se abre a Dios.

Tu bautismo no te aparta de tus hermanos del mundo. Al contrario, te une más a ellos al incorporarte a Cristo, «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Solidario con ellos, participas en las mismas profesiones seculares, en idénticas actividades profanas que forman parte de tu vocación.

Ninguna actividad humana es extraña al Evangelio. Dios quiere que toda la creación entone himnos a su gloria. Técnica, investigación, desarrollo, progreso, todo el universo —desde el átomo a Cristo— está ordenado a cantar el poder del Padre, la sabiduría del Hijo y el amor que es el Espíritu Santo. Él confía esta tarea especialmente a los laicos. Quiere que os ocultéis como levadura en la masa para hacerla fermentar. El árbol poderoso de la Iglesia necesita no sólo raíces profundas hundidas en la soledad de los monasterios, sino también hojas esbeltas expuestas al gran sol, brillando a la intemperie en pleno mundo.

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