Testigos y maestros

Cristianar la familia

P. Tomás Morales

Cuadro Nuestro Salvador ayuda a los padres en Nazaret, de John Rogers Herbert

(Extracto de Hora de los laicos, 2ª ed., pp. 221-228).

En la familia principalmente cumple el laico su función magisterial. Los padres son los primeros educadores en la fe de sus hijos. Nadie puede reemplazarlos. También son los inspiradores natos de la santidad en ellos. Les conducen y alientan para alcanzarla.

En el hogar, pues, el seglar participa especialmente de la triple misión magisterial, santificadora y real del sacerdote.

La familia será siempre la mejor educadora y transmisora de la fe. Toda madre tiene un corazón sacerdotal, decía Paul Claudel. Todo padre compenetrado con su mujer participa en esta sagrada misión sacerdotal. El sacramento del matrimonio comunica a los cónyuges incesantes ayudas sobrenaturales para cumplir tan delicada y trascendental misión.

Vivero de hombres

Los bautizados, cristianando la familia, la convierten en vivero de hombres y mujeres que engrandecen una nación o la salvan en los momentos difíciles. Forjan padres y madres de familia que sean ejemplares en el cumplimiento de su deber profesional, social o familiar.

Manantial fecundo de llamamientos al sacerdocio o a la vida consagrada que son la esperanza de un mundo que anhela salvarse del influjo de un egoísmo brutal, contemplando vidas ofrecidas a Dios rebosantes de amor a los demás.

El primogénito de un médico acababa de concluir el bachillerato. Jamás había revelado a sus padres lo que pensaba hacer. La tarde misma de su último examen les declara que quiere ser sacerdote. El médico y su mujer se miran atónitos y emocionados. El padre sólo dijo: «Es la gracia que tu madre y yo pedimos todas las noches desde nuestro matrimonio».

Un sacerdote me contaba que atribuía su vocación al hecho de que su padre, farmacéutico, siempre había mostrado un gran respeto por los sacerdotes. Los recibía con alegría en casa y no permitía que nadie los criticase en su presencia.

Juan Pablo II se erige en paladín de la familia. La defiende y bendice lleno de gozo cuando habla. Con gestos y palabras la alienta siempre. Pues «el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia». Nos alienta a todos a defenderla con decisión. No se detiene ante los obstáculos. Nos propone sin miedo el objetivo. Rezuma valentía y confianza ante la poca fe del que lo crea irrealizable. «Es necesario —afirma— que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo».

Las familias volverán a «remontarse más alto» si los padres, y las madres sobre todo, escuchan la paternal advertencia del papa. «No penséis que podéis hacer en vuestra vida algo más importante que ser un padre o una madre verdaderamente cristianos (…). No escuchéis a quienes dicen que trabajar en una tarea secular (…) es más importante que la vocación de crear vida y de preocuparse como madres de esta vida».

Ayudar al «dulce Cristo en la tierra» (santa Catalina de Siena) a cristianar la familia es la tarea de cualquier laico, sea casado o permanezca célibe. Es tarea universal que compromete a clérigos y seglares.

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