«De un lado, el monte de Apolo, de las musas, de los placeres; del otro el monte de los mártires, de las renuncias y de las cruces; de un lado el paganismo y de otro el cristianismo. Estoy en el andén. Es necesario elegir. Y eso me ha dejado por el momento perpleja. Lo que yo hubiera querido es ir en las dos direcciones a la vez».
Este sentimiento daba vueltas insistentemente en el corazón de aquella mujer madura un día de verano de 1935, mientras se encontraba en el andén de una estación de metro de París, cuando advirtió que, a la entrada de dos túneles opuestos, figuraban dos carteles que indicaban, por un lado, Montparnasse y por el otro, Montmartre.
Su verdadero nombre era Marie Rouget, nacida en Auxerre (Borgoña) en 1883. Era la mayor de cuatro hermanos y la única chica. Toda su vida transcurrió en su ciudad natal, donde falleció, casi ciega, el 23 de diciembre de 1967, a los 84 años. Cincuenta años después, el 10 de octubre de 2017, el arzobispo de Sens-Auxerre, abrió oficialmente su causa de beatificación, reconociendo la profundidad espiritual de su vida y sus escritos.
Marie Noël fue una mujer de una inmensa sensibilidad, que tanto la hizo sufrir, pero que marcó su genio poético. Por su aportación literaria mereció numerosas distinciones, que Francia supo reconocer. Entre otras, el Gran Premio de la Société des Gens de Lettres, el Premio Alice-Louis Barthou (1940-1953) y el Gran Premio de Poesía de la Academia francesa (1962). Por su parte, el general De Gaulle le concedió la Cruz de Oficial de la Legión de Honor (1960), la más importante condecoración de Francia y una de las más prestigiosas del mundo.
El inconsolable grito del hombre
Marie destaca en sus Notas íntimas la influencia que en ella ejercieron tanto la vida familiar como su entorno de amistades. Su padre, profesor de filosofía, era un agnóstico que había buscado a Dios con sinceridad sin llegar a encontrarlo. Su madre era una mujer alegre, que procuraba llegar tarde a la misa de los domingos porque se aburría durante los interminables sermones. Su abuela procuraba llevarla a la catedral de Auxerre durante la Semana Santa y el día de los Santos. «Allí escuché —escribirá años después— el inconsolable grito del hombre. Fue entonces cuando entró en mí, para nunca más salir».
En uno de los días cercanos a la Navidad de 1904, Marie hizo un descubrimiento aterrador: encontró a su hermano Lucien, de 12 años, muerto en su habitación. Coincidió que también por esas fechas, el joven que ella amaba en secreto se marchó de Auxerre. Comenzaba así para Marie una noche oscura que durará toda su vida: la prueba de la soledad y de la duda.
Es la ruptura interior que se produce en el corazón de muchos cristianos de a pie, en su día a día, cuando colisiona estrepitosamente el deseo de Dios, que late en su interior, contra la realidad de sus limitaciones y miserias, que muestran su incapacidad y los precipitan en la desconfianza en la misericordia de un Dios, que los ama gratuitamente, y no por sus virtudes.
¿Montmartre o Montparnasse?
¿Pueden coexistir la esperanza de alcanzar la santidad y la realidad arrasadora de nuestra nada?
Marie, como cada uno de los que seguimos a Cristo, se encontró ante dos opciones posibles, que son excluyentes: Una de ellas es la de huir del mundo —para no contaminarse— y refugiarse en los «cuarteles de invierno» de unas prácticas de piedad que ofrezcan cierto consuelo. Parece la solución más fácil.
La segunda opción fue la que le propuso su director espiritual, el P. Mugnier, un hombre clarividente: ¿Por qué elegir entre Montparnasse y Montmartre? ¿No amó tanto Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que el mundo se salve (cf. Jn 3,16)? Cristo ha venido a traer la vida divina al mundo, a través de sus cristianos que son luz del mundo (cf Mt 5,14-16). La fe no tiene miedo de nada ni huye de las realidades del mundo. El lugar de Marie era el mundo, la literatura, los círculos intelectuales. Y allí permaneció.
No solo pueden coexistir esperanza y miserias. Es que se necesitan. San Juan de la Cruz, maestro de la vida espiritual hace esta afirmación impresionante sobre la esperanza:
«Acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza, y entonces espera más cuando se desposee más, y cuando se hubiere desposeído perfectamente, quedará con la posesión de Dios en unión divina» (Subida al Monte Carmelo, libro III, c. 7).
«Alcanza más cuanto más espera […]. Espera más cuando se desposee más». Parece un juego de palabras, pero no lo es. Lo que ocurre es que es Dios quien tomará la iniciativa de desposeernos, pues nosotros no podemos conseguirlo. Y lo hará de forma incomprensible para nosotros, que nos llenará de perplejidad. Pero si aceptamos irnos reduciendo a pobreza, seremos testigos del amor gratuito y misericordioso que tiene a los hombres y mujeres que buscan la luz dentro de los túneles de sus vidas.
«Tú como un trapero…»
En el diario íntimo de Marie aparece este diálogo que ella mantiene con Jesucristo en la oración personal:
«Estoy aquí, Dios mío. ¿Me buscabas? ¿Qué querías de mí?
No tengo nada que darte.
Desde nuestro último encuentro no he puesto nada a un lado para ti.
Nada… ni siquiera una obra buena. Estaba demasiado cansada.
Nada, ni siquiera una buena palabra. Estaba demasiado triste.
Nada, sino el disgusto de vivir, el aburrimiento, la esterilidad».
—«Dámelos».
«La prisa de cada día, por terminar la jornada, sin servir para nada,
el deseo de reposo lejano del deber y de las obras,
el desapego del bien por hacer, el disgusto de Ti, ¡oh Dios mío!».
—«Dámelos».
«El sopor de mi alma, los remordimientos de mi flaqueza
y la flaqueza más fuerte que los remordimientos…».
—«Dámelos!».
«Turbaciones, sustos, dudas…».
—«Dámelos».
«Señor, pero entonces Tú, como un trapero,
recoges las sobras, las basuras.
¿Qué quieres hacer con ellas, Señor?».
—«El Reino de los cielos».
Podríamos rezarlo y hacerlo nuestro mientras caminamos por los caminos polvorientos de la vida.

