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Hogar, casa, mundo

Familia numerosa sonriente compartiendo tiempo juntos

Por José Javier Ruiz Serradilla, esposo, padre y profesor de Filosofía

«La familia (oikós) es […] la comunidad establecida por la naturaleza para la convivencia de todos los días». Es afirmación de Aristóteles en el libro primero de su Política (1252 b).

Desde ella se puede aseverar que es la raíz, el pilar, del cuerpo social, e inclusive la que aporta las alas para su desarrollo. Familia, raíz y alas de la sociedad.

Y tiene razón nuestro filósofo. Todos provenimos de una familia y nos damos cuenta de que cuando esta se deconstruye, la sociedad tiende a la ruina.

Sin embargo, Aristóteles —aun diciendo verdad— no ahonda lo suficiente. Se olvida de la raíz de la raíz y de las alas de las alas; de lo más importante.

Hogar

El hogar es el corazón de la casa (oikós), el lugar donde anida el fuego y que une a su alrededor a los que se acercan buscando luz y calor. Corazón que genera habitación y casa, pues el calor hace que se pueda habitar juntos creando vínculos alrededor del fuego, construyendo casa.

El hogar de la familia, su corazón, es el matrimonio. Unión indisoluble de dos que son hueso de huesos y carne de carne (Gén 2,23). Dos (mujer-hombre) que siendo dos, y sin dejar de serlo, fundan una nueva realidad, constituida por un vínculo de amor, de donación mutua e incondicional donde lo único importante es el bien del tú otro. Es el matrimonio una consagración de la vida propia al tú que me ha regalado y me regala su amor. Y sin pedir nada a cambio, porque el amor conyugal no entiende de derechos, sino de entrega. No exige nada, lo da todo. Y lo hace en medio de la imperfección, del error, del fallo, levantándose siempre con el fin de abajarse (Flp 2,8) y viviendo de agradecimiento, en repudio a todo orgullo.

El matrimonio es una unión natural, pero, para un cristiano, el sentido pleno de lo natural está en lo sobrenatural. Hay que entrar en lo profundo del misterio para poder captar lo que las cosas son, su naturaleza íntima. De ahí que el matrimonio cristiano no sea una mera institución de derecho natural, que lo es, sino en su esencia íntima, un sacramento: un signo visible y eficaz de la presencia de Dios.

Es Cristo el que une a los cónyuges, dos que se aman, constituyendo esa realidad nueva que es el matrimonio: comunión de amor. Se funda así la primera iglesia de la que Cristo es cabeza (Col 1,18) y a la que ama con amor esponsal (Ef 5,26), la iglesia del hogar.

Casa

El amor siempre es difusivo, nunca se encierra sobre sí mismo. Lo suyo propio es salir de sí, procrear. La primera fecundidad del amor matrimonial son los hijos, siendo su llegada la que funda familia, casa (domus).

Esta es fruto del matrimonio y, consecuentemente, la incluye, pero no es el matrimonio, ni su anulación ni su superación. Peligros todos estos a los que ningún matrimonio es ajeno. Los hijos son fruto del amor conyugal y están, y estarán, siempre incorporados al árbol matrimonial del que reciben la savia del amor esponsal pero no sustituyen a este. Es necesario un matrimonio fuerte y sólido como pilar fundacional y sustentador de la familia.

Desde ahí brota la misión familiar de los cónyuges que, en los hijos, son constituidos padres: la educación.

Los padres somos educadores. Llamados a que nuestros hijos puedan crecer transmitiéndoles, por activa y por pasiva, que el mundo gira desde el amor del que nuestro matrimonio es testigo y expresión viva, a pesar de dificultades y fallos.

Es preciso no hacer trampas. Como padres cristianos debemos transmitir los valores del reino, no los del mundo. Nuestra gran preocupación reside en que conozcan, sigan y dejen vivir en ellos a Cristo. ¿Preocupados por su bienestar y su situación social? No lo vamos a negar; pero, por encima de ello, nos ha de preocupar su santidad.

Nuestra misión educadora ha de ser una llamada continuada a la vida buena, a la vida en Cristo, soñando con que se produzca el instante en que cada uno de nuestros hijos acoja la provocación de nuestra labor educativa: aquel en el que se encuentren con Cristo de tal forma que deje de ser una figura más o menos interesante para pasar a convertirse en el amado por el que se entrega toda la vida incondicionalmente.

Resulta imprescindible insistir en que la familia es casa, comunidad de amor, cuyo centro es el cálido hogar, comunión de amor matrimonial. La iglesia doméstica, la de la casa (domus), es la segunda iglesia que crece desde la iglesia primera, la del hogar.

Mundo

La familia por su propia naturaleza es abierta, no cerrada. Exogámica, no endogámica. Y, en su apertura constitutiva, engendra mundo. No es anecdótico que esta palabra mundo en su correspondiente término griego, kósmos, haga referencia al orden enfrentándose a su antónimo kháos. La familia, amor paternofilial que brota del amor esponsal, amplía su abrazo, porque el orden del amor no cesa de acoger, más y más, sin fin. Así, la tercera iglesia es la del mundo, la que abraza a todos, la universal (católica). Universal, sin abstracción, pues su centro es la persona: el prójimo, el próximo con rostro concreto. Sin excluir a nadie ya que todos y cada uno son prójimo. Iglesia de carne y hueso porque el amor no entiende de vacíos espiritualismos ausentes de carne, de acogida, de abrazo.

Una espiritualidad laical

Hogar, casa, mundo. Amor que crece ampliándose, pero que siempre exige ir al principio. Y este reside en el matrimonio que, en tanto realidad nueva constituida en Cristo sacramentalmente, es icono y templo de la Trinidad (Amoris laetitia, 343).

Habitualmente el matrimonio está constituido por dos con vocación laical. Dos que han recibido la vocación al seguimiento de Cristo que siempre es total: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti» (Mc 5,19).

Ese «a casa con los tuyos» indica el carácter secular que es propio de los laicos (Lumen gentium, 31) que son enviados para que, desde su inserción en las realidades temporales y su participación en las actividades terrenas (Christifidelis laici, 17), trabajen a fin de dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario (CL, 14). Su misión es el ejercicio cotidiano de la caridad política (Pío XI): introducir el espíritu de las bienaventuranzas en la historia; a saber, en la vida y en las estructuras sociales, siendo levadura de gratuidad (León XIV).

Toda vocación implica una espiritualidad propia, también la laical. No son transportables a la vida laical las espiritualidades de la vida religiosa, contemplativa o activa, ni de la vida sacerdotal. Es, por tanto, necesario tomarse en serio esta exigencia y desarrollar una espiritualidad laical. Sacerdotes y religiosos tienen claro las grandes líneas de su forma propia de vida en Cristo, pero no los laicos, y urge. Nuestra vida debe desarrollarse al lado de las otras vocaciones sin seguir trasladando sus modos propios de vivir, sus espiritualidades, a la vida laical ya que, al hacerlo, nos sustraemos a nuestra vocación pues, aunque no lo apreciemos, renunciamos a nuestra índole secular.

Por una espiritualidad matrimonial

Capítulo especial de la espiritualidad laical es la matrimonial para todos aquellos que hemos sido llamados a seguir a Cristo a dos. Es otro de los grandes asuntos pendientes.

Se constata una creciente conciencia de ello y tímidos intentos de realización en los que hay mucho que hacer y no poco que corregir.

Una espiritualidad matrimonial debe estar centrada en el cuidado del matrimonio, no solo en su cura. No debe reducirse a una suerte de terapia matrimonial o a la asunción de un recetario que sirva para prevenir problemas y que, en muchos casos, suele ser fuente de ellos al someter a los miembros de la pareja a un agobiante ejercicio de autoanálisis desbocado que termina generando desazón y desconfianza hacia el otro. Reduccionismo, también, es aquel que considera que todo se limita a rezar juntos.

Es necesaria una espiritualidad que asuma que el matrimonio es, para los laicos casados, la concreción fundamental de su vocación laical, de su modo propio de seguimiento total y radical de Cristo.

Dos que viven el uno para el otro donde el centro del yo es el tú y, desde ahí, se hace presente el centro del centro: Cristo. Una espiritualidad que nos invite a vivir en donación total, incondicional y fiel al tú al que nos consagramos al pronunciar públicamente la promesa matrimonial. Espiritualidad que provoque vida, pequeños gestos concretos y callados, cotidianos, en los que el tú al que amamos es cuidado, acariciado con la ternura callada del gesto vital cotidiano. Que nos enseñe a ver que allí, en la carne del tú amado, tocándole, Cristo es tocado. Espiritualidad que vuelva la mirada hacia el rostro de quien amamos. Tantas veces nos preocupamos por nuestro matrimonio como si fuera una entelequia, cuantas nos olvidamos de que el matrimonio tiene un nombre: el que llevamos inscrito en la alianza. Una espiritualidad que nos recuerde que «quien no ama al prójimo al que ve no puede amar al Dios al que no ve» (1 Jn 4,20) y que ese prójimo primero, el originario, es nuestro cónyuge.

Matrimonio que procrea familia

Y así, desde el tú amado y siempre en tú, la projimidad primera procrea la segunda en la persona de los hijos: la familia.

El abrazo a dos, matrimonial, se amplía, pero no se diluye. La vida crece con los hijos, pero también se complica —y más en el mundo loco en que vivimos—. Es aquí donde podemos olvidar que la familia siempre exige el calor del amor matrimonial. Es a ese hogar al que los hijos acuden. Al mismo tiempo, pueden absorbernos de tal modo que olvidemos que el sentido de nuestro matrimonio no reside en ellos.

El rostro único de cada hijo debe referenciarnos al de la persona al que él invoca como papá o mamá y que para nosotros debe resonar como amado o amada. Creo que esa debe ser otra de las claves de la espiritualidad matrimonial. Si no, tenderemos a confundir términos y comenzaremos a definirnos solo como familia olvidando que somos familia porque, ante todo, somos matrimonio. Las escuelas de padres son fundamentales, pero siempre haciendo referencia al centro, al hogar matrimonial.

Familia que engendra mundo

La familia se amplia y engendra mundo. Parte de él son las familias de las que provenimos. Ellas son nuestro origen pero, reordenadas por nuestro matrimonio —y familia— son constituidas como mundo privilegiado. Padres y hermanos nunca han de invadir ni alterar el orden primero del matrimonio, ni el segundo de la familia procreada en este. Tarea tiene también aquí la espiritualidad matrimonial.

El mundo se sigue ampliando: amigos, compañeros de trabajo, parroquia, movimiento, ejercicio de la profesión, etc. Y es, tanto en la familia de la que provenimos pero sobre todo en el resto de las relaciones, que se van estableciendo, donde, de forma singular, tenemos que ser levadura de gratuidad ejerciendo la caridad política.

Ahí, siempre situados en el centro del hogar, es donde cotidianamente y uno a uno, corazón a corazón, debemos irradiar vida que haga hueco para que la luz pueda ser acogida. Sin cesar de ampliar más, siempre más y más.

No debemos aceptar vivir como vive un mundo que no se rige por los valores evangélicos. Hemos de promover las bienaventuranzas viviendo según ellas y contribuyendo de manera efectiva, según lo que Dios nos vaya poniendo delante, a la transformación real de las estructuras sociales.

Nuestra amistad lo tiene que ser en Cristo, también nuestro modo de trabajar y de consumir, nuestras finanzas, etc. Y, todavía más allá, hemos de generar un nuevo modelo cultural —vital— que alumbre un nuevo tipo de ocio, de deporte, de economía, de escuela, de política, etc.

«Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades» (Evangelii gaudium, 74). Para ello, mucho diálogo y creatividad. No nos está permitido aburguesarnos, ni quedarnos encerrados en nuestras parroquias o movimientos, ni dedicarnos solo a organizar actividades religiosas: hay que ensanchar el abrazo. (Siempre desde el matrimonio, lugar primero del amor evangélico).

Siempre desde el matrimonio, lugar primero del amor evangélico, para los llamados a ser esposos.

Aristóteles no se equivocaba: la familia es raíz y alas. Mas no vio que la causa primera es el matrimonio, dos que son hueso de huesos y carne de carne. Ahondemos en su naturaleza generando una espiritualidad laical matrimonial que acoja y comunique el amor de Cristo.

Amor de carne: de hogar, de casa, de mundo.

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